Al sur, pero sin mochila
15 de abril del 2004
Joaquín Borges-Triana
He tenido la suerte y también la desgracia de intervenir como responsable en
la organización de varios eventos. Empleo estos dos términos, porque es una
fortuna comprobar que algo que uno ha preparado sale lo mejor posible; pero
cuando a lo que se aspira, no se consigue y los participantes en el
certamen, concurso o festival se marchan con la sensación de que
literalmente han perdido su tiempo, el organizador —si es que se respeta— ha
de sentir cómo la pena y la desdicha se adueñan de él. Por mi experiencia
personal, sé que no es fácil asumir la tarea de “organizar”, pues muchas
veces las cosas que no se resuelven no obedecen a falta de gestión, sino a
la razón de que no están a nuestro alcance y por más que se trabaje, no se
logra el objetivo.
En todo lo anterior pensaba a propósito de lo que hoy escribo en relación con
la quinta celebración del festival Al sur de mi mochila, evento que tiene
por sede la ciudad de Cienfuegos, auspiciado por la Asociación Hermanos Saíz.
He concurrido a tres ediciones de este encuentro de trovadores y debo
confesar que por el modo como aconteció el más reciente, en un momento tuve
la intención de titular mi reseña Crónica de un festival virtual, por
aquello de que la realidad virtual se refiere a cuestiones no tangibles y
que tan solo son aparentes. Tras una segunda recapitulación de lo sucedido,
llegué a la conclusión de que no sería justo expresarme con la acritud que
había pensado.
En Al sur de mi mochila, las condiciones objetivas para su realización están
dadas. Para este año, la Casa del Joven Creador de Cienfuegos (CJC) se
reparó y amuebló. De igual modo, el hospedaje para los participantes fue el
mejor al que se puede aspirar. Asimismo, para una presentación como la
llevada a cabo en una tarima situada en el bulevar cienfueguero, se contó
con un excelente audio, como el que todo músico sueña para su concierto y
que casi nunca está disponible. Una ganancia del festival en comparación con
el del 2003 fue la presencia en el mismo de los funcionarios de la UJC y de
la Dirección Provincial de Cultura. Los que continuaron brillando por su
ausencia fueron los representantes locales de lo que un día se conoció como
la Nueva Trova.
Otro acierto volvió a ser la inclusión de una visita a Aguada de Pasajeros
en el programa de esta cita, a fin de intervenir en la peña que en el museo
de la localidad realiza Ariel Barreiros. El premio de la sistematicidad de
dicho espacio ha sido que ya existe un público que cada mes llena el patio
de la instalación y que además, por el trabajo desplegado, Barreiros se ha
ganado el apoyo de las autoridades de su pueblo. La peña tiene un enfoque
multidisciplinario pues combina el arte trovadoresco con exposiciones, como
la inaugurada el viernes 9 bajo el nombre de Buscando el tiempo. Hermoso
ejemplo de lo que debe ser el quehacer cultural en la base, que resulta
contrastante con el hecho de que a pesar de la intensa labor hecha por
Ariel, todavía él no haya sido evaluado o audicionado por el Centro
Provincial de la Música en Cienfuegos, y para su sustento dependa desde el
año 2000 de una beca que se le otorgó al ser escogido Proyecto Nacional de
la AHS, una ayuda monetaria que en ocasiones ha demorado hasta cuatro meses
en recibir. Algo similar ocurre con el también destacado trovador
cienfueguero Junior Navarrete.
Desde mi prisma, lo más nefasto del evento estuvo dado en que el festival
devino una gran descarga, donde cada día se repetían los cantautores uno
tras otro en la CJC. Cierto que como se dice en el argot del medio, “se
quemó parejito”, o sea, todos los participantes tuvieron la oportunidad de
poner al menos un par de temas, pero escogidos para la circunstancia de un
público bastante pasado por alcohol y que si bien no era muy numeroso, fue
algo mayor que el del año anterior. No hubo conciertos ni recitales en los
que escuchar, con el silencio requerido, a los trovadores, que cuando menos
deben interpretar seis piezas en una presentación para que se tenga una idea
de por dónde va su propuesta. En el recuento de los infortunios destáquese
que al mediodía del domingo 11, se orientó que había que irse de los hoteles
con 24 horas de antelación a lo previsto. Ello pudiera llegar a ser hasta
comprensible, pero en cualquier caso habría que dar una explicación del
porqué de lo sucedido. Aunque los participantes eran trovadores sin mucho
reconocimiento social, son artistas que merecen ser respetados.
Mis tres visitas a Cienfuegos me dejan claro que entre los jóvenes creadores
de allí falta el espíritu de confraternidad de que debiera hacer gala la AHS.
Además, en cuanto a trova se refiere, no hay un trabajo permanente de
presentaciones que garantice la formación de un público interesado en el
género. Los organizadores de Al sur de mi mochila deben repensar la
concepción de este evento y si tiene sentido mantenerlo en las actuales
condiciones. Duele pensar que se gasten miles de pesos sin que haya un
resultado mínimo. |