LOS QUE SOÑAMOS POR LA OREJA

BOLETÍN DE MÚSICA CUBANA ALTERNATIVA

 

Edición no. 27, febrero de 2007

 

La presente publicación electrónica se apoya en una antigua y aún vigente tradición periodística: el derecho de cita. Los que soñamos por la oreja apela a colaboraciones originales para este boletín y a todo material informativo encontrado en los medios de comunicación, a propósito de promover y analizar lo concerniente a la escena de la Música Cubana Alternativa. Los textos aquí incluidos expresan las opiniones de sus autores, de las cuales no somos responsables.

 

CONTENIDO

 

PRESENTACIÓN

¡Jazz hasta la victoria!

Por Joaquín Borges-Triana

 

CONCIERTO CUBANO

Silvio

Por Guillermo Rodríguez Rivera

Música cubana: Pensando en el futuro

Por María Córdova

 

CONVERSANDO CON

Carlos Varela. Tiempo de diálogo

Por Guille Vilar

Combat Noise: La banda y el metal es nuestro estilo de vida

Por Omar Vega Riaño

Alejandro Vargas. Color local

Por Toni Basanta

Leonardo García. Busco la esencia de las cosas

Por Francisnet Díaz Rondón

Alejandro García Villalón, Virulo. Hablo en serio y los demás se ríen

Por Johanna Puyol

 

DE AQUÍ Y DE ALLÁ

Informaciones y comentarios acerca de…

Nuevos discos de Beatriz Márquez, Anaís Abreu y Kiki Corona, rincón de Annia Linares en la Calle 8, edición especial de Como los peces, premio a Paquito d’Rivera, giras del Coro Profesional de Bayamo y de jóvenes trovadores, repercusiones de Plectro Habana 2007 y de concierto de Silvio Rodríguez en Lima, confesiones de Guillermo Tuzzio, Fulano y Nat Chediak, obras finalistas del concurso Adolfo Guzmán, peña de Sociedad habana Blues, y mucho más.

 

EL OIDOR CRÍTICO

Club holguinero: Jazz cubano

Por Rubén Rodríguez

Orquesta de Cámara de La Habana: Arte al por mayor

Por Leonardo Gell Fernández-Cueto

Polito Ibáñez. La eternidad será mañana

Por Michel Hernández

Defender un espacio para el blues hecho en Cuba

Por Humberto Manduley López

 

DE PUÑO Y LETRA

Clasificados

Hacheros

Quiero decir

La orilla de las ganas

Por Ariel Díaz

 

LA COMPACTOTECA

Reseña de los discos:

A castro le gusta el rock (Athanai), Con cierta ternura (Enriquito Núñez), Calle del Rosario (Joshua Edelman), Las voces del siglo (Varios intérpretes), Cimarrón (Luis Mario Ochoa), Hombres de papel (Jottabich), Ska Cubano (Ska Cubano), ¡Ay Caramba! (Ska Cubano), Antes de la noche (Yamira Díaz).

 

UNA IMAGEN POSIBLE

Música cubana: la nueva timba

Por Rafael Lam

Isolina Carrillo Estrada

Por Senén Suárez Hernández

Vida, obra y zozobras de Osvaldo Rodríguez

Por Manuel Sosa

Jesús Fuentes y Canela preparan una gran fiesta

Por Toni Basanta

 

WHERE ARE YOU FROM ASERE?

In this issue

By Joaquín Borges-Triana

Launching Carlos Valera’s disc

Without author)

Uplifting Spirit/Espíritu Optimista

By Loreley Clarke

Jottabich: Paper Men

By Joaquín Borges-Triana

Mamborama: Directamente al mambo

By Bruce Polin

Ochún: En el Año de Ochún

By Bruce Polin

Telmary: A diario

By Bruce Polin

Los Ases de la Timba: Aquí están Los Ases

By Peter Watrous

Ignacio Berroa: Codes

By Peter Watrous


 

PRESENTACIÓN

 

¡Jazz hasta la victoria!

 

Lamentablemente, un par de semanas después de la puesta en circulación de la pasada emisión de nuestro bole, gracias a un correo del buen amigo José Dos Santos (otro que como nosotros es de los que soñamos por la oreja), me enteré de que en dicha edición no. 26, correspondiente a enero de este año, no sé por qué motivo (bueno, supongo que sea porque al fin y al cabo, uno también es humano y de cuando en vez se equivoca o mete la pata, como decimos los cubaniches) cometí una pifia al acreditar el trabajo titulado “Roberto Carcassés en Miami. Increíble: Ecilio y criollos se juntan” a nombre de Joe Noda (la persona que por alguna vía lo hizo circular en la red), cuando lo correcto era que apareciera bajo la firma de Eliseo Cardona.

 

Siempre que me pasan estas cosas me da una gran pena con el afectado y en general, con todos nuestros lectores, pero al parecer el Alzheimer se va adueñando de mí, cuando apenas paso la curva de los inevitables cuarenta años. Aunque sé que el amigo Eliseo entiende perfectamente estos entuertos y se los toma a broma en virtud de que, como él mismo me escribe en un correo, “la vida es muy corta para coger lucha”, de cualquier modo, aunque ya lo hice de forma privada, de manera pública ahora le pido disculpas. Por el sabroso intercambio de mensajes que mantuvimos al respecto, he llegado a la conclusión de que con muchísimo gusto me autopropongo como agente de Cardona en La Habana (claro que nunca firmaría sus textos) porque respeto enormemente su trabajo como periodista y dado que pertenezco al gremio, sé que ésta es una especie en extinción, así que a los pocos buenos que van quedando (como es el caso de Eliseo) hay que cuidarlos.

 

La opción de que Cardona sea el que firme los artículos, comentarios y entrevistas que desde aquí yo le redactaría para el Sun Senttinel, me resulta en extremo atrayente, sobre todo si también ello implica que yo sea el que cobrara los dineritos que él recibe en la Florida por dichos textos, obviamente en la moneda dura del enemigo, que luego cambiaría por mis queridos pesitos, tanto los Cucos (El CUC es la moneda convertible cubana) como los pesos agropecuarios (que es como me gusta decirle por una de sus principales funciones al dinero de circulación en nuestro país entre el común de los ciudadanos de a pie, que es a los que pertenezco).

 

Gracias al emaileo que suscitase mi error, tuve la feliz noticia de que Eliseo Cardona es un lector asiduo de este mensuario y me ha prometido que si consigue boletos, cubrirá para nosotros el concierto que el querido compatriota Gonzalo Rubalcaba planea hacer en Miami durante el mes de marzo. Con esto, nuestro ya nuevo colaborador no ganará un kilo prieto partido por la mitad (como diría mi abuela), pero se hará millonario en lo concerniente a los agradecimientos de los que soñamos por la oreja.

 

Por cierto, Eliseo me ha comunicado algo que me parece también debe ser conocido por nuestros lectores (a fin de cuentas somos una gran familia) y por eso, paso a reproducir lo que él me informa:

 

“En todo caso, Joaquín, hay asuntos más importantes que resolver. Por ejemplo, me enteré hace poco que el capitán Darío Nicodemo* se fue a visitar a mi amigo José Dos Santos** a La Habana. La reunión, según me cuentan mis agentes, giró en torno a la fundación del primer club de fanáticos de Kenny G en Cuba. Como comprenderás, no podemos permitir que Dos Santos pierda la cabeza y se entregue a escuchar a un melenudo mequetrefe.

 

“Propongo lo siguiente: reúne a los amigos y háganle una visita al Dos Santos a la medianoche. Háganle escuchar el Koln Concert de Keith Jarrett como mínimo tres veces. Si el hombre amenaza con sacarlos de la casa, lo amarran a una silla y le ponen el Kind of Blue de Miles Davis, seguido del Blues and roots de Charles Mingus. En la mañana le ponen In Harvard square, de Lee Konitz.

 

“Recomiendo la formación de un comité que mantenga estricta vigilancia sobre el Dos Santos hasta que se olvide de Kenny G. Repitan los asaltos con otros discos. Y al capitán Nicodemo se le niega entrada a La Habana por al menos cinco años. Mantenme al tanto de este asunto. ¡Jazz hasta la victoria!”

 

Bueno, así lo hicimos, pero me temo que el resultado de nuestro asalto a la casa del común amigo no complazca mucho a Eliseo Cardona. Después de un intercambio de varias horas, tiempo en el que para matizar las tensas negociaciones se consumieron varias latas de jugo de cebada, el acuerdo a que llegamos fue el de que yo me hiciera cargo de la presidencia del primer club de fanáticos de Kenny G en La Habana, so pena de que si no aceptaba el cargo, tendría que renunciar a la posibilidad de tener acceso a la amplísima discografía de Dos Santos. Ante tan persuasivo argumento, no me quedó más remedio que dar el paso al frente y asumir la tarea que este singular momento histórico de nuestro devenir como soldados del jazz ha puesto en mi camino. En fin, que sólo me queda despedirme igual que lo hiciera Eliseo: ¡Jazz hasta la victoria!

 

* Nota del editor: Darío Nicodemo es un sobresaliente promotor dominicano de jazz

 

** Nota del editor: José Dos Santos es un destacado periodista cubano y guionista del programa radial La Esquina del Jazz, transmitido de lunes a sábado por la emisora CMBF.

 

Joaquín Borges-Triana

 

 


 

CONCIERTO CUBANO

Silvio

 

Por Guillermo Rodríguez Rivera

 

(Prólogo del libro Silvio Rodríguez. Te doy una canción)*

 

Aquel muchacho tenía quince años, pero era menudo de cuerpo, escaso de libras, con cabello muy fino y ya, desde entonces, escaso, por lo que a veces parecía que tenía doce. No podíamos llamarlo, los que teníamos tres, cuatro o cinco años más – en ese momento de la vida en que esa diferencia parece tan importante –, más que por su diminutivo: le decíamos Silvito. Trabajaba en la revista a pesar de sus pocos años. Era de una familia humilde de San Antonio de los Baños, un pueblo al sur de la capital de Cuba, por donde cruzaba el río Arigüanabo, que preservaba ese nombre que le dieron los primeros pobladores de la isla.

 

San Antonio había sido una zona veguera, de cultivo del tabaco, junto a la cercana Santiago de las Vegas. Fue de esta región al sur de la capital y estrechamente vinculada a ella de la que el puro cubano tomó ese nombre que ha durado por siglos: habano. En una canción surgida del recuerdo de su abuelo, Silvio Rodríguez exalta ese pasado tabaquero de su familia. Y no quiere olvidar que en Tampa, esa ciudad al norte de la península de La Florida, adonde emigraron en el siglo XIX muchos vegueros cubanos que eran parte integrante de esos pobres de la tierra que también echaron su suerte con Martí, su abuelo había conocido al hombre que soñó el destino de Cuba. No es extraño que Silvio Rodríguez sea de la progenie campesina de los vegueros cubanos, aquellos rebeldes del siglo XVIII, a algunos de los cuales el gobierno colonial ahorcó sin juicio para hacer abortar la primera insurrección campesina generada en la isla y brindar un aleccionador ejemplo, que claro que sería en vano. Silvito dibujaba para aquella revista que era la de la primera organización que tuvieron los jóvenes revolucionarios cubanos tras la victoria de Fidel Castro en 1959. Ya entonces era 1962. Hacía caricaturas, diseñaba, y decían los que le eran más cercanos – pienso en el atormentado y genial Guillermo Rosales, que se borró a sí mismo de la vida muchos años después en Miami, tras escribir una desgarradora novela que tituló Boarding Home – que ya escribía canciones. No sé por qué extraña locura – entre las tantas que tuvo – a Guillermo, Silvito le evocaba a Poe.

 

Pero las verdaderas canciones aparecerían después. Fue por los tiempos en que “el joven dibujante” iba a convertirse – por los tres años que la ley mandaba – en “el joven soldado” que pasaría el Servicio Militar Obligatorio, la versión cubana de lo que los españoles llamaban familiarmente “la mili”, y nosotros, economizando, por sus solas iniciales: SMO. A ese personaje que fue hace años, evoca el trovador en una canción escrita en 1990 pero recordando anecdótica y musicalmente sus tiempos de soldado y que ha incluido en un CD que forma parte de esa trilogía personal que titulan su nombre y sus dos apellidos.

 

Precisamente en la placa que se llama Silvio, aparece la aparentemente vieja canción que se titula “La canción del joven soldado”. Es una canción-pop, donde se afirma a ritmo del begine, que acaso recuerde el “Listen, do you want to hear a secret” (¿ya se acuerdan?) que por esos mismos años firmaban Lennon y McCartney, pero que a su autor se le ocurre que se aproxima al estilo de “La barca” el paradigmático bolero de Roberto Cantoral. Si bien Silvio hacía una suerte de arqueología musical, impostando un modelo de canción perfectamente establecido por sus años de recluta, claro que no acudía a los lugares comunes en el texto que inundaron a sus paisanas en los años sesenta.

 

En una canción titulada “Debo partirme en dos”, escrita hacia finales de los sesenta, Silvio fue a satirizar las adocenadas canciones que todavía imperaban en aquella época. Allí “se pone por delante” y se atribuye un texto que va de esta manera: te quiero, mi amor, / no me dejes solo / no puedo estar sin ti / mira que yo lloro. Pero la pura verdad es que no recuerdo a Silvio Rodríguez escribiendo nunca un texto de ese corte.

 

Si alguna vez lo hizo, se lo guardó muy bien guardado o, simplemente, lo desapareció.

 

Ahí está una de las primeras novedades que Silvio trae a la canción cubana: el nutrir sus textos de canciones de la gran tradición de la poesía escrita cubana y, ¿por qué no?, también mundial.

 

Esa tonada que evocaba sus tiempos de recluta hablaba un lenguaje no alimentado por textos de canciones comerciales mal digeridas, sino por las vivencias del soldado que se escapaba de su litera tras el toque de silencio para ir a pulsar la guitarra debajo de un árbol en el puro campo, en plena madrugada. La guitarra es el desdoblamiento de su dueño, el recluta también, confiesa el texto, pero es capaz de convertirse en el instrumento que el cantor necesita:
la guitarra del joven soldado / es su mejor fusil. Seguramente al recrear aquellos tiempos en ese texto, el trovador estaba rindiendo homenaje a la poética de la canción combatiente que es una destacada entre las diversas que ha tenido.

 

He sostenido que la canción inteligente de nuestro tiempo debe inscribirse dentro de la poesía oral: poesía para ser escuchada y no necesariamente leída, aunque las ediciones discográficas le ofrezcan impresos a sus clientes los textos de las canciones que incluyen. Pero como los de los juglares, los de los trovadores, los poemas de los modernos autores de canciones pertenecen al ámbito de la oralidad, aunque sea una oralidad mediática y ya el concierto que brinda el cantautor no sea como el que sus antiguos colegas podían ofrecer en las plazas o en las cortes, sino que puede ser amplificado en un estadio por los milagros de la electrónica, e incluso simultáneamente trasmitido, vía satélite, al otro lado del mundo.

 

De sus textos proviene la primera sorpresa que el casi adolescente Silvito empieza a producirnos a los que lo escuchábamos en esos años sesenta, en los que el texto de la canción empezaba a ser destinado a propósitos distintos a los del comercio con el tema amoroso, que era la habitual mercancía de la canción popular desde muchísimos años atrás. Silvio decidió saltarse el montón de canciones comerciales que tenía ante sí, y lanzarse a entroncar con tradiciones cancionísticas que le parecían más importantes. Poco a poco, relacionándose intensamente con su entorno y con los valores culturales de ese entorno, empieza a descubrir, a veces a descifrar otras maneras de hacer.

 

Claro que Silvio está imbricado en los esenciales cambios que está sufriendo – yo diría mejor que está gozando –la canción de esos años. Claro que me consta que era un gustador desorbitado de los Beatles, sobre todo a partir de Rubber Soul. Tanto que a él le debo mis primeras y agotadoras audiciones de Revolver, de Sgt. Pepper’s lonely hearts club band y de Magical mistery tour, casi al puro momento de aparecer. Todavía recuerdo los textos de: “Eleanor Rigb”, “UIT a little help of my friends” y “The fool on the hill”.

 

Tendría que decir ahora que Silvio hizo para los cubanos algo que nuestra cultura pronosticaba desde siempre: sumó orgánicamente el rock and roll al ámbito cubano, del mismo modo que nuestra música del siglo XIX había integrado a la cultura de Cuba valores como la country dance inglesa, la romanza francesa, la tonadilla española, o el modo de hacer de las arias operáticas italianas, cuya incidencia fue decisiva en la trova tradicional cubana. Silvio Rodríguez ha sido el esencial integrador del rock and roll a la cultura musical cubana, de la misma manera que Benny Moré integró definitivamente el jazz band a nuestra música y lo hizo interpretar todos los géneros de lo popular cubano.

 

Tuvimos, allá por los año sesenta, varios funcionarios culturales que confiaban, ejerciendo una fe digna de mejor causa, en la pura autoctonía de lo cubano. Y no solo en la especificidad irrebatible de nuestra cultura, sino en la pureza ideológica que, esa cultura debía exhibir. Lo foráneo no podía venir más que a contaminar lo nuestro y también, a subvertir nuestras ideas. Pero esa manera de pensar estaba totalmente descaminada.

 

Lo cubano jamás ha sido autóctono. Hasta nuestros primeros pobladores, los aborígenes que encontraron en Cuba los colonizadores españoles, habían venido de afuera: eran de origen arahuaco, y poblaban previamente lo que hoy es Venezuela. Los españoles – que eran ya un pueblo intensamente mezclado –llegaron en el siglo XVI y casi enseguida comenzaron a introducir los esclavos africanos. Tenemos inmigración francesa al producirse el proceso independentista de Haití. Desde entonces llegaron también haitianos, que ya siguieron emigrando durante mucho tiempo a Cuba, al igual que los también vecinos jamaicanos, que buscaban empleo en los meses de la zafra azucarera cubana. Con el fin de la esclavitud en 1886 comenzó una copiosa arribada de chinos cantones, que llegaban con leoninos contratos laborales que casi los convertían en esclavos. Y hasta indios mayas, procedentes de Yucatán, llegaron a Cuba en el propio siglo XIX, por un acuerdo entre el gobierno mexicano y España, para desarraigar del sur de México a los participantes en las insurrecciones indígenas. Por todo ello, el sabio antropólogo cubano, Fernando Ortiz, ha dicho que Cuba es un ajiaco: esa suerte de caldo que se come en el Caribe y en el que caben todos los frutos y todas las carnes de la zona. Por cierto, descendiente directo de la famosa “olla podrida” castellana.

 

Y del mismo modo que es Cuba, ha sido su cultura. Creo que esto lo sabía el autodidacta pero intensamente leído Silvio Rodríguez, como pensaba – siendo el hombre de la revolución que ya era – que la fortaleza ideológica no se consigue por asepsia sino por el contacto con todo lo que inevitablemente impera en el mundo en que vivimos: el hombre ha de ser un ser pensante y también pensante era la canción que ya empezaba a proponernos Silvio.

 

A mí, por ese implacable vínculo que es la amistad, me ha tocado acompañarlo en varias ocasiones. Pero no sólo por ello. Le había perdido la pista a Silvito en los tiempos en que hacía su servicio militar, y en esos años, varios (muy) jóvenes escritores cubanos fundamos una revista cultural que dirigió en sus inicios Jesús Díaz, y que se llamó El Caimán Barbudo. Los poetas que allí nos reuníamos – poetas de los tiempos de Paco Ibáñez, de Bob Dylan, de Joan Manuel Serrat, de John Lennon – creíamos en la fusión, en el diálogo de la canción y la poesía. Y nos dimos a la empresa de organizar una lectura de poemas que estarían acompañados por un grupo de canciones de la entonces casi desconocida trovadora Teresita Fernández, que había puesto en música textos de Martí y de Gabriela Mistral. Otro poeta del grupo, Víctor Casaus, había encontrado a Silvito después de sus años de ejército, y me dijo que estaba haciendo canciones muy interesantes. Él creía que cabía perfectamente en el concierto que estábamos organizando con Teresita, y me instó a escucharlo. Nos reunimos en la propia sala teatro del Palacio de Bellas Artes, donde iba a producirse el espectáculo. El joven trovador – ya entonces con veinte años – cantó unas cuantas de sus canciones y nadie tuvo dudas de que había aparecido Silvio Rodríguez.

 

Empezó entonces la implacable afirmación de Silvio. Tuvo un programa televiso que duró muy poco porque a quienes gerenciaban la televisión no les agradó un elogio que el trovador hizo de los Beatles. Pero Silvio iba de una casa de amigos a otra, y cada noche aparecía una canción que iba dejando atrás casi todo lo que se estaba haciendo en la música popular de esos años. Eran ya los finales de la década y la izquierda latinoamericana se radicalizaba: había ocurrido el asesinato del Che Guevara en las selvas bolivianas, y su figura, su ejemplo, su dimensión humana, se agigantaba en el mundo.

 

Aparecían las canciones de Silvio que cantaban ese despliegue heroico latinoamericano: “La era está pariendo un corazón”, “Fusil contra fusil”, la “Canción del elegido”. La Casa de las Américas cubana, que nucleaba lo más radical del pensamiento cultural del continente, integró un Centro de la Canción Protesta, que tomaba el nombre del movimiento (el de Pete Seeger, Bob Dylan, Joan Baez) que en los Estados Unidos condenaba la guerra de Vietnam y la discriminación racial en sus diversas formas. Allí se reunieron Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y Noel Nicola. Ya Pablo y Silvio se conocían y fue este quien llevó allí a Noel. Empezó ahí un vínculo con lo que ya era un visible movimiento de la canción combatiente a nivel latinoamericano. Trovadores como Violeta Parra y sus hijos Ángel e Isabel, Víctor Jara, todos de Chile; Daniel Viglietti, del Uruguay; una cantante de la jerarquía de la argentina Mercedes Sosa; Alí Primera, de Venezuela, integraban un poderoso conjunto de talentos creativos, que seguramente se apoyaban en la obra de grandes cantores de la pura tradición, como el argentino Atahualpa Yupanqui y el cubano Carlos Puebla.

 

La historia cubana estaba llena de fechas a conmemorar: la Plaza de la Revolución habanera podía colmarse por muy diversas razones y, aunque no se radiaban las canciones de Silvio regularmente, cuando llegaban los días de celebraciones revolucionarias, no aparecía otra música que comentara y afirmara nuestra realidad como no fueran esas extrañas canciones generadas por ese extraño autor que cantaba, que cuando tenía el deber de “sumarse a la Plaza y alzar la bandera”, lo conseguía corriendo al lado de la mujer que le faltaba “hace tantos días”. Y ahí estaba otra de las inquebrantables poéticas de Silvio: la de la canción de amor, pero no la de cualquier amor, porque era la poética de la canción de un amor desatado, incontrolable, transgresor, y que por ello era capaz de confundirse, de fundirse con las más tremendas luchas del hombre. Un amor que escapaba, en su poesía, de los sabidos y resabidos códigos de la canción de amor al uso. ¿Amor romántico? Pudiera ser, por qué no. ¿No se había hablado de Peo para relacionarlo con Silvio? Sería por ello del más intransigente de los romanticismos, el de los grandes sentimientos extremos, el que funde el amor y la muerte; el que se prolonga más allá del amor mismo, como en el desesperado texto de “Te amaré”.

 

Después del Centro de la Canción Protesta, surgió otra experiencia, afortunadamente diferente. Alfredo Guevara, el gran promotor del cine cubano en las últimas décadas, ha contado cómo Haydeé Santamaría le había pedido que le procurara un sitio a “aquellos muchachos” que ella había reunido al amparo de la Casa de las Américas, y del talento de promotor de Alfredo apareció el Grupo de Experimentación Sonora del Instituto del Cine cubano: un peculiar ensemble capitaneado por el gran músico culto Leo Brouwer, que se convirtió de pronto en maestro de aquellos autodidactas que Alfredo le había entregado.

 

Recuerdo la cueva del GES, en el segundo piso del edificio del Instituto de Cine. La visitaba a menudo para ver a mis amigos (Silvio, sí, pero también Pablo, Noel, Sara, el propio Leo, Sergio Vitier o Leonardo Acosta) y seguramente para oír las nuevas cintas de Chico Buarque y de Milton Nascimento que tenían rodando en las incansables grabadoras que allí funcionaban.

 

Músicos de la categoría de Federico Smith, Carlos Álvarez, Mario Romeu y el propio Brouwer habían orquestado temas de Silvio en el Instituto Cubano de Radiodifusión; igualmente, ya por entonces había grabado una media docena de temas con el grupo Sonorama 6, dirigido por el guitarrista Martín Rojas. En el GES Silvio pudo, además de estudiar música, hacer sus propios arreglos y sistematizar su trabajo con grupos de primera línea. Allí aparecieron canciones como “El Mayor” y “El papalote”, que hacían cantar a la historia: a la historia grande en la primera composición, que sintetizaba la experiencia vital del mayor general Ignacio Agramonte y Loynaz, un joven y rico abogado camagüeyano que descolló por su extraordinario valor y talento militar en la primera guerra que Cuba libró para conseguir su independencia de España a partir de 1868, y que murió apenas tres años después de iniciarse los combates; y la cotidiana pero no menos imprescindible historia de Narciso el Mocho, un viejo negro pobre y bebedor, que construía los más hermosos papalotes allá en San Antonio de los Baños, el pueblo de la infancia de Silvio.

 

Si algo ha conseguido el impresionante cúmulo de canciones que Silvio Rodríguez ha reunido en los casi sesenta años de su vida, es absorber, junto a casi todos los géneros que nuestra música popular ha creado – la canción, la habanera, el danzón, la guajira, el son, el bolero –, también todos los temas que la poesía contemporánea podría permitirle a un poeta cubano. Silvio, que además de escribir textos para ser cantados, escribe asimismo textos para ser leídos (aunque casi no los deja leer), ha incorporado a la canción procedimientos que pertenecían por entero al ámbito de la escritura, y que parecía que, por su complejidad, no cabían en el de la mucho más directa oralidad. Y quisiera ejemplificar lo que digo con una de sus más populares canciones: “Unicornio”.

 

Esa composición fue el tema central de un disco que llevó a su autor e intérprete al más alto nivel de aceptación. El disco era casi perfecto en su variedad y en la calidad de las piezas que lo integraban. Los que conocimos de la canción de la que hablo cuando incluso no se había grabado, o cuando sólo se había grabado en los estudios de una emisora radial habanera con el único propósito – entonces – de trasmitirla, sabemos que su primer título era “Noticia”. Pero ya Amaury Pérez tenía una canción con ese nombre y las ordenanzas del derecho autoral cubano indicaban que no podían registrarse dos canciones con el mismo título.

 

Silvio acudía a un expediente propio de la poesía convencional: apoyarse en un tipo de discurso codificado y resemantizar ese código: valerse de él para llenarlo de un contenido diferente al que suele ser el suyo. El texto funciona como uno de esos avisos en los que alguien da cuenta, por ejemplo, de la pérdida de una mascota, de un animal de compañía y ofrece una recompensa a quien le dé información que pueda conducirlo a recuperarlo. Esa simple fórmula, ese modelo de un tipo de texto perfectamente conocido y hasta adocenado, proponía sin embargo la recuperación de un imposible: el animal perdido era un unicornio, una bestia fabulosa que remontaba a los tiempos más remotos de la vida de la imaginación humana, que los hombres soñaron como una constelación en el cielo meridional, atravesada por la Vía Láctea.

 

El receptor común de Silvio claro que advertía que la canción no hablaba de un imposible unicornio real que, como si él mismo no resultara suficiente, era, además azul. Los oyentes de Silvio sabían que ese animal fabuloso representaba algo que la voz que hablaba en la canción quería mucho, desesperadamente. Y necesitaban encontrar qué objeto o persona eran los que esa imagen evocaba. Pero creo que allí Silvio estaba recurriendo a esa inefable representación que es el símbolo. Como ocurre con la simbolización en la poesía contemporánea, el símbolo no representa ninguna entidad concreta, sino apenas un género de entidades: obviamente, es algo enormemente querido, algo espiritualmente esencial para el sujeto que habla en el poema que es el texto de la canción, pero su especificación no es posible, porque el mismo autor no lo ha querido así. Acaso él mismo no lo sepa. Tal vez constituya un valor de mucho peso emocional para el que lo siente y que, al perderse, produce un enorme vacío en la sensibilidad del sujeto.

 

Silvio estaba incorporando al estandarizado y tantas veces simplificado texto de la canción popular un procedimiento procedente del ámbito de la poesía culta contemporánea. Y los efectos que esas incorporaciones podían conseguir se convertían en sorprendentes. Le escuché decir a un funcionario de la radiodifusión cubana, después de escuchar la canción, cuando prácticamente no se había difundido, que esa canción jamás podría hacerse popular porque era incomprensible. Él le estaba aplicando al proceso emisión-recepción la más estricta lógica, el más descarnado racionalismo. Silvio, por su parte, apostaba a las casi inexplicables emociones que la sugerencia poética puede generar: la canción se convirtió en una de las más aceptadas popularmente entre el montón de aceptadísimas canciones que Silvio Rodríguez ha logrado escribir.

 

El lector de este libro, que reúne todos los textos de la discografía oficial de Silvio, encontrará al final la copiosa bibliografía del trovador. Pero ojo: Silvio sigue arreglando, cantando, grabando sus canciones. Ahora mismo nos está presentando un doble CD con canciones de los años sesenta bajo el título Érase que se era, y todavía faltarán muchas más por grabarse y darse a conocer porque, cuando Silvio grabó su primer disco – entonces eran todavía de pasta negra –, tenía escritas más de 500 canciones.

 

Sus fans, como todos los fans, son implacables. En una suerte de panel en la que el mismo trovador intervino y que tenía por objeto evocar y charlar sobre aquel viejo programa televiso que él hizo hacia mediados de los años sesenta, uno de ellos le preguntó por qué ya no escribía las canciones que escribía antes. Silvio hubiera tenido varias posibles respuestas que darle: podría haberle dicho que ahora escribía las canciones de ahora, como hace treinta o cuarenta años escribió las de entonces; podría haberle dicho que no permanentemente Van Gogh pintaba La noche estrellada o T.S. Elliot escribía The waste land, o Vallejo, Trilce. O para ponerlo en la trova y en Cuba, que no todos los días Sindo Garay componía “Perla Marina”. Pero prefirió tomárselo con humor. Se echó hacia atrás y dijo: “Si fuera solamente componer... No te puedes imaginar las cosas que ya no puedo hacer como antes”.

 

Pero parece que todavía puede hacer muchas cosas: en los últimos años nos ha entregado Expedición, un disco totalmente realizado con el apoyo de una orquesta sinfónica, y Cita con ángeles, ambos con excelentes acogidas de crítica y de público.

 

Por eso usted lector, no se deje engañar. Usted tiene, en las tranquilas páginas de este libro que el propio trovador ha sabido ilustrar, su pasado y su presente. Y yo me atrevería a vaticinar que, entre ellas, está deslizándose algo del futuro de ese esencial trovador en la historia de un país de trovadores que es Silvio Rodríguez. Y si usted me lo perdona, déjeme decirle que aquí está – con la misma jerarquía de George Brassens, Bob Dylan, Sindo Garay, George Gershwin, José Alfredo Jiménez, Chabuca Granda, Joan Manuel Serrat, John Lennon – una de las obras fundamentales de la canción del siglo XX en el planeta.

 

* El libro Silvio Rodríguez. Te doy una canción ha sido publicado por Ediciones Temas de Hoy en noviembre del 2006.

 

Música cubana: Pensando en el futuro*

 

Por María Córdova

 

Cualquier persona que, en la Cuba actual, desee reflexionar sobre el arte o la cultura deberá enfrentar, sin remedio, el estudio de las corrientes de pensamiento que interpretan o pretenden interpretar los problemas del mundo contemporáneo. Y por cierto, ello no es una tarea nada fácil.

 

Me atrevería a afirmar que quienes conforman la llamada “etnomusicología postmoderna” forman parte de una intelectualidad que para nada siente amenazada su existencia cotidiana. Que para nada siente amenazado su futuro en tanto “ser cultural”.

 

Básicamente se encaminan al estudio y defensa de las diferencias culturales con lo cual evaden cualquier compromiso con el futuro de la cultura de los países más pobres. Es una musicología que en nada contribuye a esclarecer cuestiones que resultan fundamentales para nuestro futuro. Para tales investigadores todos en esta sala seríamos posiblemente considerados como el hombre autóctono o “el otro”.

 

La posible función predictiva de la musicología.

 

En oposición a ello, considero que la musicología cubana deberá ser cada día mas una disciplina profundamente comprometida con el presente, tratando de esclarecer regularidades del comportamiento histórico de la musica, no solo para incidir en la cultura social, sino más específicamente en el trabajo inmediato de artistas y especialistas de la cultura.

 

Cuando hablamos de trabajo estamos, básicamente, hablando de futuro. Toda actividad humana se esta realizando siempre en un presente y acumulando experiencias que se proyectan hacia el futuro de una mejor vida de cada individuo, comunidad o sociedad. Es en este sentido que la musicología debe estudiar el pasado tratando de descubrir todos aquellos fenómenos y procesos que por haber resultado esencias de nuestro devenir cultural, puedan estar influyendo aun sobre nosotros. La reflexión que les propongo pretende ser un modesto ensayo en tal sentido.

 

Razones para reflexionar sobre el futuro de la música cubana.

 

Pensamos que existen al menos dos razones para reflexionar en el futuro de la música cubana.

La primera: La crisis económica producto de un bloqueo feroz que se extiende por mas de cuatro décadas. Crisis económica que ha incidido y continúa incidiendo duramente en todas las esferas de la música a nivel nacional.

En el plano externo prefiero apuntar especialmente a las expectativas económicas que despiertan la música y los músicos cubanos en ciertos sectores del mercado internacional, a los estrechos intereses con que se acercan a los músicos cubanos casi todas las entidades extranjeras que comercian con la música, al nivel de competitividad que plantea el mercado internacional a los creadores e interpretes cubanos y al absoluto desinterés que algunas esferas de la creación musical cubana reciben de tales “mercados”.

 

Son problemas demasiado serios que no debemos tomar a la ligera. Problemas que podrían estar, ahora mismo, amenazando seriamente el futuro de nuestra música.

 

La segunda: Todos sabemos que, acerca del futuro, nadie tiene toda la verdad, sin embargo, de una u otra forma y a partir de las actividades que realizamos cada día, estamos construyendo nuestro propio futuro. De manera que –en primera instancia- el futuro se piensa y se construye desde cada sujeto aislado.

 

Pero si pudiéramos conocer todos los proyectos de futuro de los aquí presentes, quizás descubriríamos como tal colectividad esta pensando y proyectando en este momento el futuro de la música cubana.

 

Quizás encontraríamos también algunas ideas coincidentes y otras que no lo son.

 

¿Cómo pensar el futuro de la música cubana?

Todo futuro puede ser pensado desde muchos puntos de vista pero, en primera instancia, debemos partir del concepto de cultura luego explicarnos qué entendemos por ella.

La cultura puede ser enfocada de múltiples formas, depende qué exactamente necesitemos conocer o explicar. Uno de los posibles enfoques de la cultura es considerarla como resultado de las relaciones entre quienes construimos y luego compartimos rasgos y elementos que nos identifican en comunidades, regiones culturales y naciones. Y también el resultado de nuestras relaciones con otras comunidades bien diferentes a nosotros.

 

Por ejemplo:

Creo que la presencia del JOJAZZ nos dice que muchos especialistas están plenamente conscientes de que si los jóvenes cubanos estudian seriamente el jazz, ello no es un fenómeno casual.

 

Quizás intuitivamente en algunos casos, tal vez más conscientemente en otros, los jóvenes músicos con su atención y constancia hacia el estudio del jazz están demostrando, al menos, que eso es algo que no podemos soslayar.

 

Las matrices culturales.

 

Esto nos lleva directamente a la problemática de lo que se ha dado en llamar las matrices culturales. Es decir, de donde provenimos culturalmente, cuales son nuestras raíces.

 

Se nos dice en todos los textos que la música cubana ha sido el resultado de la síntesis de dos grandes áreas culturales: Europa y África, lo cual es válido solamente para la música que se creó en Cuba hasta finales del siglo XIX. Algunos han querido dar un gran peso a toda España en lo que a herencia europea respecta, cuando es fácil constatar que este rol histórico lo comparten sólo las músicas de determinadas regiones de España junto con la cultura musical de grandes ciudades de Italia, Francia y Alemania.

 

Si aceptamos que la cultura no es algo acabado sino el resultado de las relaciones humanas y por tanto un proceso en constante devenir, tenemos también que entender que el concepto matrices culturales será dinámico en cada época histórica.

 

Entonces, al comenzar el siglo XXI, las matrices de la cultura musical cubana se han ampliado sustancialmente porque los cubanos hemos nos hemos formado a partir de las interacciones entre hombres procedentes de Europa y de África, sino que a lo largo del siglo XX nos hemos relacionado (básicamente) con Estados Unidos de Norteamérica, país que por su carácter hegemónico ha pretendido ser la gran matriz cultural de todos los países planeta. También nos hemos relacionado con buena cantidad de países de América del Sur y con importantes países del área del Caribe como Haití, Santo Domingo, Jamaica y Puerto Rico, entre otros.

 

De manera que la idea inicial acerca de nuestras matrices culturales deberá ser modificada y pensar que hoy, en el hemisferio occidental, casi no existen fronteras cuando tratamos de identificar nuestras matrices.

 

Pocos países quedarían excluidos, quizás por ser ellos mismos poco importantes aun en el desarrollo de la música occidental. Pero lo interesante del caso es que dichas “matrices” parecen no poder inventarse así como así.

 

La historia de la música nos está indicando que quizás debamos considerar matrices culturales sólo a aquellos países, regiones o comunidades que –por razones históricas- hayan establecido previamente –y con cierto grado de profundidad— una interacción, o una relación de mutua dependencia con nosotros. No obstante, sería una limitación no entender la necesidad de ampliar constantemente nuestra mirada hacia todas las direcciones posibles, por ejemplo, hacia el hemisferio oriental.

 

Por otra parte, no sólo constituyen “matrices culturales” los países y regiones externas. También debemos considerar como nuestras matrices a la música que se ha creado o se esta creando sincrónicamente en todas las regiones culturales de Cuba en cada momento histórico. Estas culturas musicales regionales, siendo parte de nuestra identidad, constituyen también nuestras matrices en el plano interno. El occidente cubano puede ser matriz cultural del oriente o viceversa.

 

Hay otra cuestión relacionada con el jazz y nuestras matrices culturales, de la que poco se habla y es el hecho de que eso que hoy conocemos como “jazz” fue un fenómeno que –como todos sabemos- se nutrió de las músicas africanas de transmisión esencialmente oral, donde el elemento improvisatorio jugaba un rol fundamental. Resulta, además, que el origen de ese fenómeno musical fue consecuencia de un proceso cultural compartido en América por casi todos los países que recibieron una fuerte inmigración de esclavos africanos a la que habría que agregar una fuerte inmigración de individuos pobres de otras áreas.

 

También es necesario puntualizar que, según han planteado investigaciones etnomusicológicas a lo largo del siglo XX, la improvisación esta presente en toda música de transmisión oral, bien fuese árabe, hindú, china, española, africana, u otra. No es casual, además, que figure en buena parte de las manifestaciones de la música cubana así como en las músicas de la región cultural del Caribe, caracterizadas tanto por la presencia africana como por la de contingentes de hombres pobres procedentes de España también influidos anteriormente por la música del llamado continente negro.

 

Para nosotros no es ninguna noticia que la improvisación está en la rumba, el son y en la música campesina pero no nos han explicado que relación pudiera tener esto con lo que conocemos por jazz.

 

Curiosamente tales formas de expresión cultural han sido dejadas fuera de ese sistema denominado jazz a pesar de compartir sus mismas esencias históricas y culturales. De la misma forma que en la interpretación del arte, hemos dejado fuera la llamada música folclórica, la música popular y la llamada música comercial.

 

Se trata de que, a partir de la cultura oral que las caracteriza, muchas músicas como el jazz se han originado en toda la región cultural Caribe, tanto desde nuestras matrices hispánicas como africanas. Donde quiera que hayamos tenido presencias de músicas de transmisión oral, es decir pertenecientes a comunidades muy pobres, habremos heredado la improvisación como una de estas esencias.

 

Por tales razones es que me sorprendo profundamente cuando escucho decir que Chucho Valdés, Emiliano Salvador, y muchos otros músicos que puedan citarse aquí, hacen “latin jazz”. ¿Es acaso la Misa Negra de Chucho Latin o profundamente cubana, de una cubanía sorprendente y mágica? ¿Qué ha sido la obra de Emiliano si no un fenómeno excepcional de síntesis entre la pianística del jazz norteamericano del siglo XX y lo mas raigal de nuestra cubanía?

 

De manera que para un proyecto de futuro de los jóvenes músicos cubanos, considero que es importante saber que eso que conocemos como “jazz” es mucho mas nuestro de lo que se nos ha querido hacer ver hasta el presente con la salvedad de que adquirió formas peculiares en cada país. Por eso es que la música cubana devino matriz cultural del jazz norteamericano, así como el jazz norteamericano (o la música brasileña, argentina, o caribeña en general) devienen matrices culturales de la música cubana porque las matrices culturales interactúan, es decir, pueden moverse desde los “Centros” hacia las periferias o viceversa, no solo a través del contacto entre personas, sino también porque ambas culturas se han formado a partir de procesos históricos semejantes.

 

Llegados a este punto podemos constatar como, lamentablemente, nos dedicamos a estudiar con mucho mas ahínco a nuestra “matriz” norteamericana que aquella Caribe o suramericana. Creo que las razones son claras:

 

En primer lugar porque el jazz ha tenido un desarrollo particular en Estados Unidos, lógicamente influido por su propio proceso histórico.

 

Ha sido el cosmopolitismo de las grandes ciudades industriales del norte, el que permitió al jazz convertirse en uno de los más importantes fenómenos de síntesis culturales del mundo contemporáneo. Si analizamos los sistemas armónicos contenidos en el jazz veremos, a través del modalismo, la presencia de la antigua cultura greco-romana heredada por la cultura de la Edad Media; en los inestables modos menores, las entonaciones características de la música renacentista; en los modos mayores la cultura musical europea desde los siglos XVII al XIX y en la politonalidad y el cromatismo toda la influencia europea del siglo XIX y XX. Por otra parte en las llamadas escalas alteradas y el pentatonismo, la indiscutible presencia del próximo y lejano oriente. En las escalas sintéticas, la capacidad de recrear tales legados en el presente.

 

De los africanos , entre muchos de sus aportes, las riquezas rítmicas, los timbres instrumentales y vocales, las estructuras melódicas, sus cantos a voces, el sentido de culturas compartidas y, finalmente, el gran drama de su exclusión en Norteamérica en ocasiones paralela a la de blancos pobres.

 

La síntesis de todos estos elementos han ido configurando la gran belleza y el contenido expresivo del jazz.

 

En segundo lugar, Estados Unidos es uno de los más importantes mercados laborales de la música, el cual tiene implicaciones mundiales.

 

Para entrar en ese espacio, los músicos cubanos estamos perfectamente conscientes de que, a pesar de la profunda crisis económica que vive nuestro país y ante la necesidad de continuar desarrollándonos, adquiriendo experiencias y (sobre todo) tecnologías para nuestro propio desarrollo, estamos obligados a elevar el nivel de competitividad técnica y artística, lo cual deviene factor fundamental de nuestra propia sobrevivencia.

 

Para ninguno de nosotros resulta nuevo que la capacidad del músico para asimilar conocimientos, constituye un factor sine qua non de la propia vida.

 

Y, ¿es acaso nuevo esto en Cuba? Me atrevo a afirmar –aunque ello resulte polémico—, que la necesidad de asimilar conocimientos como condición de la propia sobrevivencia, es uno de los patrimonios culturales esenciales de la nación Cubana y atañe no sólo a los músicos, sino también a todas las clases y sectores que han conformado nuestra nación.

 

Pienso que quizás algún día llegue a ser considerado como patrimonio cultural esencial de todos los pueblos subdesarrollados del plantea. Pero para entender el por qué esta necesidad se convierte en capacidad humana y se puede considerar un patrimonio, debemos mirar la cultura desde un nuevo ángulo.

 

La cultura es también portadora de la inteligencia y capacidades humanas que se han estado formando a lo largo de la histórica. Cuando nos apropiamos de un producto cultural, nos apropiamos de tales desarrollos humanos.

 

Aplicando esta tesis al arte de la música, podríamos decir que cuando estudiamos a Beethoven (o cualquier otro creador europeo) nos estamos aproximando no sólo a la belleza del arte, no sólo estamos aprendiendo y asimilando los valores culturales y artísticos contenidos en tales obras, sino que conjuntamente con ello, nos estamos apropiando de un determinado nivel de inteligencia histórica: la inteligencia acumulada en el periodo en que transcurre la vida de Beethoven y que dicho compositor, dado su excepcional talento, pudo asimilar y luego objetivar en sus obras.

 

Por ello, cuando estudiamos a Beethoven estamos apropiándonos no sólo de un tipo de inteligencia, sino también de las capacidades inherentes a su particular proceso de creación. Pero apropiarnos de Beethoven significa también apropiarnos de una inteligencia esencialmente transformadora, con una fe profunda en la belleza y posibilidades creadoras de los seres humanos: de ahí su gran trascendencia en el arte mundial.

 

Lo más importante de esta concepción de la cultura, es que nos permite descubrir como la inteligencia humana queda contenida en sus propios resultados.

 

¿Cuál es la utilidad de este enfoque para nuestros proyectos de futuro?

 

Pienso que es un enfoque que permite adentrarnos en las esencias de algunos fenómenos de la musica cubana.

 

Por ejemplo:

Sabemos que en las Contradanzas de Saumell quedó atrapado, un interesante proceso creador que ha sido denominado “síntesis”. Las Contradanzas están entre los primeros documentos de trasmisión letrada que permiten observar tal fenómeno en Cuba.

 

Ahora bien, describir o explicar la síntesis, en tanto proceso creativo, es aún muy difícil. Sin embargo podemos analizarlo al menos en lo que consideramos sus elementos constitutivos.

 

En primer lugar deberíamos tomar en consideración la capacidad de asimilar información y conocimientos de las respectivas matrices culturales, capacidad que se ha manifestado de una u otra forma en todos los creadores de la música cubana a lo largo de su historia.

 

Cualquier área de creación de la música cubana nos muestra, en primera instancia, un proceso de asimilación de elementos culturales de –al menos- dos o tres procedencias.

 

Sin embargo, esta capacidad de asimilación aparece como una premisa a través de la cual se crea la música cubana.

 

¿Qué quiero decir con esto de PREMISA DE LA MÚSICA CUBANA?

 

Digo premisa porque a nadie se le ocurriría tocar una sonata de Mozart, diciendo: “esto es música cubana” pero sin la música europea no hubiese sido posible la música cubana. La historia nos muestra que, a partir de estudios rigurosos, los artistas cubanos han efectuado asimilaciones creativas de tal legado.

 

Entre otras muchas razones, ello se debe a que todos los que nos han dominado a lo largo de la historia, nos han impuesto sus culturas desde posiciones hegemónicas sin que nosotros poseyéramos las condiciones materiales para asimilarlas en toda su integridad. Con ello nos facilitaron el derecho a la asimilación creativa de todo ese patrimonio. Por todo esto y, por polémico que pueda resultar, me arriesgo a afirmar que la asimilación creativa ha representado una condición de supervivencia para nosotros mismos y por tanto para nuestra música.

 

Por citar solamente un ejemplo me referiré al caso de Esteban Salas, músico al que hemos considerado como paradigma del inicio de la cultura musical de transmisión letrada en Cuba quien es, desde nuestro punto de vista, el símbolo mas evidente de una cultura musical que no pudo ser trasladada a América en toda su integridad. Me refiero a la cultura musical de la Iglesia Católica, que para el siglo XVIII contaba con 13 siglos de desarrollo.

 

Esteban Salas fue, en el sentido estricto de la palabra, una abstracción de dicho desarrollo. Él y los maestros de capilla americanos de los siglos XVII- XVIII, constituyen los primeros ejemplos de cómo las culturas musicales de América se han formado asimilando de Europa única y exclusivamente aquello fue posible asimilar. En algunas grandes ciudades de América más y en otras menos, pero siempre a través de un proceso de asimilación de elementos y no de integridades.

 

En el caso de la música del Caribe o de América del Sur, el esfuerzo que nos ha costado entender los aspectos comunes de nuestras culturas, nos ha llevado al mismo proceso de asimilación parcial.

 

Hablando ahora acerca de nuestros proyectos de futuro, ¿cabría preguntarse el qué y el cómo debemos asimilar?

 

Todos sabemos que los resultados del proceso de “asimilación” del jazz norteamericano o cubano, los de la rumba, los del son o los de la música popular bailable actual suelen depender de la historia de cada sujeto y por lo tanto serán completamente diferentes, y probablemente los resultados también sean diferentes. Esto demuestra que el proceso de asimilación no será jamás correcto si partimos de recetas.

 

Pero también podríamos hacernos otras preguntas:

 

Suponiendo que esta necesidad y capacidad de asimilar conocimientos constituye una de nuestras más importantes herencias culturales:

 

-¿Qué rol juega, en nuestros proyectos de futuro, el estudio sistemático de los procesos creativos que están ocurriendo en otras culturas del mundo que pudieran constituir matrices nuestras?

 

 -¿Qué rol juega el estudio de los problemas que enfrenta el arte en el mundo contemporáneo?

 

-Considerando la extraordinaria herramienta que es INTERNET: ¿Podríamos plantearnos la asimilación cultural desde este nuevo punto de vista?

 

-¿Sería acaso posible sistematizar la información que nos aporta este medio en función del desarrollo de la musica cubana? Pensando en la solución de este problema, ¿Qué sería más racional?

 

¿Abordar y sistematizar el conocimiento que ofrece INTERNET de manera individual o a través de un proyecto de futuro colectivo, compartido y orgánico?

 

Y mirando hacia Cuba:

 

- ¿Qué rol juega el conocimiento de los procesos creativos que están ocurriendo actualmente?

 

Independientemente de cuanta importancia le prestemos al proceso de estudio y asimilación de todo cuanto nos rodea, es evidente que poseemos la libertad para asimilar de manera reproductiva o creativamente.

 

Si nos lo planteamos desde una perspectiva creadora, ello nos conducirá de nuevo al problema de las síntesis culturales.

 

El pueblo cubano –y cuando digo pueblo me estoy refiriendo sin excepción a todos los estratos de nuestra población, mas ricos y mas pobres- no sólo ha estado a lo largo de su historia “asimilando influencias” sino que ha estado sintetizando y refuncionalizando todas estas influencias en virtud de su particular proceso histórico. De esta manera, otro de los importantísimos legados heredados de nuestros ancestros es esta necesidad de sintetizar, devenida también capacidad histórico cultural del pueblo cubano.

 

Si analizamos a los creadores que han realizado aportes sustanciales a nuestra música observaremos que, de una u otra forma, algún tipo de síntesis ha quedado formando parte de su legado. También parecen informarnos que en cada período histórico, y en la medida en que se amplían las interacciones culturales, este fenómeno parece tornarse cada vez más rico y pero más complejo.

 

También nos han mostrado que cuando la síntesis resulta orgánica, comenzamos a adentramos en los terrenos del arte.

 

Por experiencia, todos sabemos que en este particular proceso de creación, cumplen un importante rol:

 

-La memoria.</