LOS QUE SOÑAMOS POR LA OREJA

BOLETÍN DE MÚSICA CUBANA ALTERNATIVA

 

Edición no. 31, junio-julio de 2007

 

La presente publicación electrónica se apoya en una antigua y aún vigente tradición periodística: el derecho de cita. Los que soñamos por la oreja apela a colaboraciones originales para este boletín y a todo material informativo encontrado en los medios de comunicación, a propósito de promover y analizar lo concerniente a la escena de la Música Cubana Alternativa. Los textos aquí incluidos expresan las opiniones de sus autores, de las cuales no somos responsables.

 

CONTENIDO

 

PRESENTACIÓN

De nuevo en el ciberespacio

Por Joaquín Borges-Triana

 

CONCIERTO CUBANO

¿Se debiera de morir quien por bueno no lo estime?

Por Humberto Manduley López

Viejos y nuevos modos de sentir el rock

Por Joaquín Borges-Triana

 

CONVERSANDO CON

Bebo y Chucho Valdés. Lazos de sangre

Por Carlos Galilea

Yanier Hechavarría: El artista más allá del premio

Por Leonardo Gell Fernández-Cueto

Ramón Vázquez en nueva movida

Por Héctor Aponte Alequín

Alfredito Rodríguez Salicio: ¡Pianista!

Por Toni Basanta

Diálogo con la joven pianista cubana Karla Martínez

Por Leonardo Gell Fernández-Cueto

Cachao. El rey del mambo

Por Carlos Galilea

 

DE AQUÍ Y DE ALLÁ

Informaciones y comentarios acerca de…

Lo hecho recientemente por figuras como Rafael Alejandro, Jorge del Valle Reyes, Vania, Frank Fernández, Argelia y Michel Fragoso, celebración de varios festivales de rock en Cuba, giras de Haydée Milanés por Chile, de Mayohuacán por provincias de nuestro país, de Adalberto Álvarez por Venezuela y de Moncada por Nicaragua, premio para Rolando Luna en el festival Jazz Montreux, repercusiones de primer concierto como solista de M Alfonso, ecos de Boleros de Oro, triunfo de agrupaciones corales en Canadá, musical sobre Celia Cruz, 90 cumpleaños de Generoso Jiménez, presentación de Lucrecia con una orquesta sinfónica, y mucho más.

 

EL OIDOR CRÍTICO

Yusa. El aliento acústico de sus canciones

Por Humberto Manduley López

Cervantes, diez años después

Por Marilyn Garbey

Yan Carlos Artime, Guy Prometa y Ramón Vázquez.

Tres Músicos, Tres Islas, Un Idioma: el Jazz

Por Fernando Rodríguez

Boris en el Almendares: Todavía amanece gratis

Por Humberto Manduley López

La Séptima Cuerda. Tiempo de encontrar caminos

Por Ariel Díaz

Las hermanas Morgan en un concierto memorable

Por Leonardo Gell Fernández-Cueto

¿Coloquio personalizado o monólogos con público?

Por Humberto Manduley López

Boris Larramendi. ¡Gracias por la gozadera!

Por Joaquín Borges-Triana

 

 

DE PUÑO Y LETRA

Amistades peligrosas

El Cristo de La Habana

Niurka y Salima

Casa de cristal

Por Erick Sánchez

 

LA COMPACTOTECA

Reseña de los discos:

Érase que se era (Silvio Rodríguez), Funk Tango (Paquito D’Rivera), La isla milagrosa (William Vivanco), Mi sueño (Ibrahim Ferrer), Alma sin bolsillos (Moneda Dura), La vida es (BnK), Contra el tiempo (Gens).

 

UNA IMAGEN POSIBLE

Defendamos el canto lírico cubano

Por Joaquín Borges-triana

Dúo Promúsica de cumpleaños

Por Leonardo Gell Fernández-Cueto

Sara González: volcán con unas alas enormes

Por Frank Padrón

Azotobacter. Rock desde el centro

Por Joaquín Borges-Triana

 

 

WHERE ARE YOU FROM ASERE?

In this issue

By Joaquín Borges-Triana

Issac Delgado: En primera plana

By Peter Watrous

Cuba’s Carlos Varela Sings in Canada

By Ana Gonzalez Castro

Cuban jazz, from head to foot

By Jorge Fiallo

Liuba Maria Hevia: From The City’ Asphalt To Cuban Country Music

By Mario Vizcaino Serrat

Music of Two Virtuosos Distributed in Cuba

(Without autor)

Cervantes, ten years later

By Marilyn Garbey

Cuban rock in style

By Tamara Roselló Reina

Lets Talk About Feeling

By Maria del Carmen Mestas

Cigala’s Back To Cuban Music

By Oni Acosta Llerena

 


 

PRESENTACIÓN

 

 

 

De nuevo en el ciberespacio

 

Por primera vez desde que comenzamos con nuestro “bole” en diciembre de 2004, hemos faltado a nuestro encuentro mensual con todos ustedes. En el pasado junio resultó imposible la puesta en circulación del número correspondiente de la publicación. Razones técnicas y de orden personal imposibilitaron que circulásemos por el ciberespacio. Resueltos en parte esos problemas (recuerden aquello de que lo único eterno es el cambio y por tanto, nadie sabe qué pasará mañana), aquí estamos nuevamente, con los mismos bríos con los que comenzamos este servicio informativo.

 

De paso, quiero agradecer a todos los que me han escrito o incluso llamado, interesándose por los motivos por los cuales no circuló la edición correspondiente a junio. En la que hoy ponemos a vuestra disposición, intentamos hacer un compendio de lo más importante ocurrido en los pasados 60 días, así que éste viene a ser algo parecido a un número doble del boletín. Por supuesto que ha habido que dejar fuera numerosos materiales, porque tampoco se trata de cargarles con un exceso de lecturas, que por más que sean de interés, resultan agotadoras dado el intenso calor predominante por los días que corren.

 

Por último, permítaseme dedicar la presente emisión de “Los que soñamos por la oreja” a un entrañable amigo de los melómanos y que con apenas 24 años de edad, lamentablemente murió en un penoso accidente. Sirvan pues estas páginas para rendir postrer tributo a Alberto Luna quien, desde su posición como muy activo promotor de la sala de conciertos ubicada en la Basílica Menor del Convento de San Francisco de Asís, mucho hizo para el beneficio de los amantes de la buena música de ayer, de hoy y de siempre.

 

Joaquín Borges-Triana

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

CONCIERTO CUBANO

 

 

 

¿Se debiera de morir quien por bueno no lo estime?

 

(Repaso incompleto por fundamentalismos en la música cubana)

 

Por Humberto Manduley López

 

 

I

 

Es lugar común afirmar que, en los procesos culturales, como en la vida misma, todo intento nuevo, que proponga una ruptura demasiado obvia con lo anterior, es decir, con lo aceptado por el poder (cultural, ideológico, político, social) de turno, presupone una confrontación más o menos directa y genera, inevitablemente, algún tipo de rechazo. Lo nuevo suele cuestionar lo existente, salvo en las ocasiones en que se limita a mimetizar un tradicionalismo de barniz. Las instituciones hegemónicas tienden a legitimar todo aquello que carece de elementos controversiales, las obras y actitudes que han perdido (o evitan tener) un carácter transgresor, adaptadas al discurso mediático. Sin embargo, demoran bastante en aceptar las coordenadas frescas, por lo general bajo pretextos diversos, al margen del socorrido conflicto generacional, prisma éste que tiende a distorsionar la posible coexistencia pacífica.

 

La evolución histórica de la música cubana muestra que cada manifestación nueva logra salir a flote, para integrarse finalmente al lenguaje cultural, después de arduas batallas, abiertas o solapadas, donde parece que todas las armas, las legales y las otras, son permitidas. Términos como “reaccionario” y “revolucionario” aplicados al discurso cultural (específicamente en la música) han ido cambiando de rostros y argumentos, en la medida en que transcurren los tiempos. Lo que un día pudo ser “revolucionario”, sacudiendo las bases de un tipo de pensamiento, puede dejar de serlo en otra circunstancia. No se trata de la dicotomía de posturas filosóficas contrapuestas, como lo sería, por ejemplo, el enfrentamiento entre el pensamiento burgués y el socialista, sino del anquilosamiento, de la idealización del pretérito, y por inercia, del temor al cambio, de reticencia hacia lo nuevo. Actitudes que pierden de vista el análisis desapasionado de las dinámicas culturales, y se parapetan en convicciones estéticas, posturas ideológicas, directivas partidistas, celos profesionales, rencillas privadas, pequeñas miserias humanas; elementos cuestionables todos, y que carecen de fuerza persuasiva per se. Se desemboca así en una de las formas del fundamentalismo, la imposición de un orden sobre otro, la anulación (o sus intentos) de todo lo que pueda aparentar, de lejos, una agresión a cierto status quo (en este caso) de la cultura.

 

En un artículo titulado “Problemas de la sociología musical” Ivo Supicic plantea: “La incomprensión y el fracaso de las obras musicales, aunque su valor sea reconocido posteriormente, se deben en general menos al público que a los profesionales, los críticos y los colegas, quienes, apoyándose en una formación teórica y práctica, presentan como reglas inmutables tradiciones que esas obras, precisamente, habían superado.” (1) Este  razonamiento servirá como hilo conductor en los ejemplos que quiero presentar. 

 

De todos modos, me gustaría hacer una aclaración pertinente. Aquí se van a citar opiniones de distintas personas, y como toda opinión, hay un ingrediente de subjetividad en cada una de ellas que no debe pasarse por alto. A fin de cuentas todas las opiniones, las positivas y las malas, las sinceras y las mezquinas, no significan otra cosa que el punto de vista personal de quien las emite: ni más ni menos. Ni siquiera el hecho de que sea una opinión compartida por la abrumadora mayoría de las personas le garantiza imparcialidad y, mucho menos, veracidad. La Historia (no sólo la del Arte) tiende a ejemplificar cómo, en ocasiones, la mayoría se equivocaba y la ínfima minoría tenía la razón, o al menos “una” razón. De hecho, creo que el Arte ha evolucionado precisamente gracias a la persistencia de esa minoría, guiada por su raciocinio y fe, sin tomar demasiado en cuenta las críticas. Esto se aplica también al caso de Cuba. Nuestra historia parece marcada por la paradoja de una cultura que, muchas veces, se ha forjado a pesar de algunos de sus más destacados hacedores.

 

II

 

Tomemos el caso de Eduardo Sánchez de Fuentes, uno de los primeros investigadores del folklore nacional, autor de un vasto catálogo de composiciones donde sobresale la popular habanera “Tú”, y figura emblemática de la música en los primeros años del siglo XX. Es conocido que, en el curso de sus investigaciones, mostró interés por enfatizar la existencia de raíces aborígenes en el mapa musical cubano, y dedicó años y libros a elaborar una teoría que, para reflotar tales hipotéticas raíces indígenas, intentaba apuntalarse mediante la erradicación casi total de la importancia del elemento africano entre nosotros. Esto llevó a que su legado como compositor muchas veces sea eclipsado por sus (aparentes) desatinos en tales pronunciamientos, quedando solo como uno de los grandes detractores de los artistas que, por esas fechas, defendían la tesis del “afronegrismo”. En particular hizo virulentos ataques contra obras de Amadeo Roldán y Alejandro García Caturla. A este último lo llegó a calificar de “segundón”, y según las propias palabras del músico y abogado remediano, Sánchez de Fuentes les “tiraba a matar” (2) en cuanta ocasión se le presentaba, parapetado tras su prestigio entre buena parte de la intelectualidad de entonces. En realidad, la polémica tenía un trasfondo más profundo, relacionado con posiciones estéticas clasistas que enfrentaban a seguidores del “siboneísmo” y el “afronegrismo”. La controversia se mantuvo un tiempo, mientras críticos posteriores ponían todo su empeño en desmantelar el edificio teórico construido por Sánchez de Fuentes. Solo recientemente han salido a la luz indagaciones que brindan cierta veracidad a algunos de sus planteamientos, los cuales, en todo caso, nunca debieron estar reñidos con la importancia (demostrada) del componente de raíz africana en nuestra música. No obstante, lo que quisiera destacar aquí es que, en un momento en que Sánchez de Fuentes representaba el pensamiento “oficial” de la nación, debido a su posición en el aparato institucional, su oposición a las nuevas tendencias fue ejercida desde el poder, y no desde la reflexión y el respeto.

 

Sin embargo, no fue Eduardo Sánchez de Fuentes el único creador cubano que asumió esta actitud de desprecio hacia géneros y estilos musicales con un acusado componente afro, o considerados “marginales”. Por ejemplo, Gonzalo Roig, autor de “Quiéreme mucho” y la reconocida zarzuela “Cecilia Valdés”, se pronunció en contra de la rumba, al declarar: “Este es un género danzante que solo se bailó y lo baila una parte de la población cubana, y que aparece en ciertas obras (sainetes, sobre todo) en el género costumbrista. Nunca tuvo influencia alguna en las costumbres cubanas”. (3). Lapidaria afirmación en boca del notable compositor cubano, quien arremetió además contra Ernesto Lecuona, por ejemplo. Y ya que menciono el nombre de este último, creo que merece un análisis aparte (que no intentaré aquí) para comprobar cómo su legado fue sistemáticamente ignorado durante decenios por músicos y críticos, bajo las acusaciones más diversas, para luego ser sacralizado, de la noche a la mañana. Para los interesados, recomiendo la lectura del capítulo dedicado al tema en el excelente libro “Otra visión de la música popular cubana” de Leonardo Acosta.

 

III

 

Otro ejemplo de incomprensiones iniciales que luego se trasmutan en beneplácito oficial lo tenemos en la recepción brindada al son en sus primeros tiempos. Gestado entre finales del siglo XIX y principios del XX en la zona oriental, el son se diseminó por todo el país con notable celeridad. En esa época el danzón era aceptado por la “buena sociedad” como un elegante baile de salón y quintaesencia de la cubanía, a través de las interpretaciones de las orquestas típicas y las primeras charangas francesas, como las de Antonio María Romeu, Raimundo Valenzuela, Enrique Peña y Miguel Faílde, entre otras. Justo entonces se produce también la efervescencia inicial del son en La Habana, momento que los investigadores sitúan en los años 20 del siglo pasado. A las voces del Trío Matamoros, se sumaron las del Septeto Habanero y el Septeto Nacional de Ignacio Piñeiro, María Teresa Vera y otros cultores capitalinos, que insuflaron nuevas posibilidades al ritmo proveniente del Este.

 

Tachado de “inmoral” en sus comienzos, por la sociedad burguesa (dueña de los medios de difusión, léase prensa, y a la cual pertenecía la mayor parte de la crítica de la época), el son exacerbó los ánimos a favor y en contra, provocando encendidas discusiones, y aunque hoy se le reconoce como perfección del sincretismo musical cubano, entonces era atacado por una parte de la intelectualidad, los músicos y un sector considerable del público, para quienes ese mismo “sincretismo” estaba representado por otros exponentes. Al respecto, son aclaratorias las palabras de Alejo Carpentier en un Forum sobre el Filin celebrado en Febrero de 1960:

 

“Yo recuerdo que allá por los años 1920, cuando llegaron los primeros sones a La Habana, y surgieron los primeros sextetos de son, ese género que hoy en día es glorificado, y objeto de estudio, de atención, objeto de todos los homenajes posibles como expresión genuina de la cubanidad, fue duramente combatido. Yo recuerdo a amigos muy cultos en materia de música que decían que los soneros cantaban, y estoy citando entre comillas, como gatos en cañería, que eso no era arte ni era nada, y que esa manera de manejar la voz, de modo genuino y directo, sin artificios del bel canto italiano, era la negación de la melodía, y la negación de todo. Había una seria alarma con ese injerto que se iba a producir de los ritmos afrocubanos, que le iban a quitar a la música cubana la cubanía de su melodía, su gracia, ese carácter melódico tan expresivo y tan cubano, que en la mayoría de los casos era de neta influencia italiana.” (4)

 

Es decir, se atacaba al son por los mismos atributos por los cuales se le reconocería después como piedra angular de la música cubana. Lo que sucedía es que sus detractores veían removerse los cimientos de sus propios pedestales y echaban mano a cuanto argumento les parecía oportuno. No obstante, es bueno insistir que, entre todos, el argumento de la cubanía o falta de ella, era (y va a ser en lo sucesivo) el más empleado cuando se trata de atacar a las nuevas formas que (por suerte, además) van llegando a la creación musical del país. Pasado el tiempo, la alarma a la cual hacía alusión el autor de El Siglo de las Luces se mantiene de diversas maneras, generalmente enarbolada por los defensores de un pensamiento peligrosamente inmovilista. Son los abogados del tradicionalismo de museo, para quienes solo lo pasado (debidamente incorporado al discurso oficial del presente) es válido.

 

IV

 

Cuando el son se instaló en la preferencia popular y sobre todo recibió la correspondiente bendición de las autoridades culturales, sus intérpretes (algunos de ellos) la emprendieron contra quienes venían detrás con propuestas diferentes. Así tenemos que en la década del 40 el género estaba viviendo un período de éxito y renovación, con las obras de Arsenio Rodríguez, los Conjuntos Matamoros y Casino, entre otros. A la vez, sobre el final de ese decenio, comenzaba a despuntar la denominada “generación del filin”, que tan importante vuelco le daría a la canción cubana. La convivencia, una vez más, no fue fácil y quienes detentaban alguna forma de poder, se sintieron con la autoridad suficiente para invalidar a los creadores que se reunían en el Callejón de Hamel y sus seguidores.

 

Acerca de estos “muchachos” (José Antonio Méndez, César Portillo de la Luz, Ángel Díaz y tantos más) el gran Miguel Matamoros expresó: “Eso que llaman filin, en la composición musical, no tiene dúo. Y si no tiene dúo no está completa. Los que trajeron la palabrita hablan de que quiere decir “alma”, “sentimiento”, y ¿quién puede negarles alma y sentimiento a nuestras canciones?” (5). Por su parte Ignacio Piñeiro ironizaba: “Yo escucho esas canciones “filinescas” y recuerdo el título de uno de mis sones: Esas no son cubanas” (6). Ni siquiera Sindo Garay, otro grande de nuestra música, se privó de emitir una opinión marcadamente irónica: “Es tan honda, tan profunda esa música del filin, que cuando termina la melodía no se sabe dónde ha ido a parar. Pobrecitos esos muchachos que tienen que cantarla. ¿Yo? Yo estoy con la tradición de nuestra vieja canción” (7).

 

Por lo general, ninguna de estas opiniones resiste una revisión musicológica, pues consisten en la defensa esquemática de una “cubanía” representada por quienes “ya llegaron”. Se cae en un contrasentido: lo tradicional deviene “tradicionalista” en la mayoría de los casos, y lo que ayer era renovación, pasa a significar estatismo. Como se dice de los cubanos: “a los 20 años incendiarios, a los 40, bomberos”. Que Matamoros, Piñeiro y Garay se hayan expresado así de un tipo de canción que emergía, rompiendo con códigos anteriores, solo demuestra que no supieron (o no pudieron) tener la suficiente visión como para aquilatar los aportes que el filin iba a introducir en nuestra canción. ¿Que el filin tomaba referentes del jazz y el blues? Eso no invalidaba su propuesta. A fin de cuentas la música cubana siempre había asimilado influencias externas, desde las contradanzas europeas hasta los formatos instrumentales como el de la jazzband, presente ya en Cuba desde los años 20 del siglo pasado, y la misma trova tuvo sus raíces en las romanzas napolitanas y el folclor de Islas Canarias.

 

A mi juicio, lo más curioso es constatar cómo cada uno de esos creadores se autotitulaba representante de una cubanía, que parecía más bien encerrada en una urna de cristal para evitar su contaminación con sonidos que no fueran los que cada uno de ellos dominaba y aceptaba. No era solo la habitual confrontación entre ritmos diferentes, sino un mar de fondo que iba más allá, al poner en tela de juicio la condición ciudadana de un tipo de música y sus creadores. Como si la pertenencia nacional pudiera limitarse a unas cuantas notas en un pentagrama. Al respecto me parecen muy precisas las palabras de Marta Valdés, otra de las impugnadas en la polémica en cuestión, cuando declaró: “Tropezamos con la opinión de muchos que hablan del empleo de acordes americanos en nuestros arreglos. El hecho de que los americanos hayan llegado a un nivel más avanzado en cuanto a riqueza armónica no quiere decir que los acordes complicados sean propios de los americanos: son propios de la música y están en ella. Yo todo el que los asimile, los sienta, los necesite para lograr lo que quiere, tiene derecho a emplearlos”. (8). Pienso que lo medular, en el decir de Marta, está en reconocer y aceptar lo que debiera entenderse como principal en la creación: la libertad.

 

Precisamente la definición final de Sindo Garay citada antes, ilustra un pensamiento sobre el cual quiero referirme. “Yo estoy con la tradición de nuestra vieja canción”. ¿Es eso bueno o malo? ¿Cómo compaginan tradición y evolución? ¿Estar con la tradición implica desdeñar, minimizar, ignorar, atacar los siguientes pasos en una evolución inevitable, lógica y necesaria? ¿O el único sentido de lo cubano se sostenía encadenando la creación al bongó, la guayabera de lacito, y las canciones de una época específica? Siempre, en estos casos, recuerdo la frase del compositor francés Edgard Varese quien decía: “la tradición no son cincuenta años de malos hábitos”.

 

No obstante es triste constatar que al filin se le adjudicaron epítetos que más tarde algunos de sus intérpretes y compositores le aplicarían, a su vez, al rock de producción nacional, por ejemplo. En 1959 el periódico Revolución se refería al filin con estos términos: “Es la antítesis de nuestra sabrosura. Por lo tanto el feeling no es criollo: fue importado dentro de las estrías de los discos de jazz. Especialmente de blues” (9). Tiempo después, haciendo gala de una preocupante falta de imaginación para inventar argumentos nuevos, creadores del filin se valieron de aquellas acusaciones para estigmatizar a otros que venían detrás, incorporando referencias de similar origen geográfico: los seguidores del rock.

 

V

 

La Nueva Trova, el más importante movimiento de la canción gestado en Cuba después del filin, tampoco escapó de las acusaciones desde los más variados frentes. Abundan las anécdotas sobre las confrontaciones que supuso su inserción en el panorama musical cubano de finales de los años 60, rechazo que no solo (ni siempre) llegaba por parte de los supuestos defensores de las viejas concepciones capitalistas respecto al arte, sino también de muchos de los hipotéticos “guardianes” del nuevo pensamiento sociocultural avalado por el cambio que en todos los órdenes de la vida nacional significó la Revolución de 1959.

 

El arsenal de acusaciones contra los trovadores fue amplio. Desde quienes señalaban como nocivas algunas de sus influencias musicales foráneas (que llevó al cartelito de “extranjerizantes”) hasta los cuestionamientos sobre textos que pueden ser críticos con determinadas zonas de nuestra realidad (“no vivo en una sociedad perfecta”, cantó Pablo). La censura, y sus retorcidas variantes, se ha cebado en ellos, como inquietante denominador común que ha unificado (de modo desagradable) a varias generaciones de trovadores.

 

Los dardos provienen desde las direcciones más diversas. Por ejemplo, el polémico escritor Guillermo Cabrera Infante, estudioso y conocedor de la música nacional, descalificó los valores de la Nueva Trova cubana, con una frase que parecía no aceptar réplicas: “ni es nueva, ni es trova, ni es cubana”. No quiero reflexionar sobre los argumentos del autor de “Tres tristes tigres”. Simplemente recomiendo leer al respecto lo que respondió otro notable escritor, poeta y profesor, Guillermo Rodríguez Rivera en un artículo titulado “La Nueva Trova ¿a sus veinticinco años?”, y publicado en la revista Salsa Cubana. Por otra parte, funcionarios de pacotilla, cuyos nombres y “tristes hazañas” la historia debiera recoger para evitar repeticiones “por olvido”, abrieron fuego graneado desde el inicio contra los trovadores.

 

De todas formas, las críticas no salieron solo de quienes observaban y analizaban la música desde afuera. Músicos de otras tendencias también han atacado a la “trova” como una especie de “canción del teque”, ideal quizás para ciertos contextos, pero argumentando que “el cubano de a pie” lo que quiere es guarachar y no profundizar en los textos de los trovadores. Por supuesto, de nuevo alguien se toma la libertad de opinar por los demás, como si los seguidores de la trova no fueran tan “de a pie” como el que más. Se establece una separación ficticia entre las finalidades de la música (una es para gozar y la otra para pensar), cuando todos los géneros y estilos pueden coexistir sin estorbarse mutuamente.

 

Por otro lado, entre los mismos trovadores, o más bien entre aquellos que han hecho de la trova un esquemático ejercicio de ortodoxias, también se invalida a colegas que no cuentan con sus simpatías personales, o no asumen los mismos presupuestos estéticos. Los objetos de críticas pueden ser Iván Latour con su grupo Havana (por “roqueros”), Buena Fe (por “poperos”) o Habana Abierta (por ¿“salseros?”), pero siempre se antepone el hecho de que el trovador “auténtico” es quien critica y no el criticado, manejando el concepto de “autenticidad” como manzana de la discordia. Se esgrimen clichés como que “solo la trova a guitarra es la auténtica”, o (peor aún) que “éxito comercial y compromiso ético están reñidos”. Esto reduce, peligrosamente, a la trova, a una sola dirección posible, ignorando la riqueza demostrada en su historia, su capacidad para incorporar discursos tan variados como la chacarera y el rock, lo tradicional y lo contemporáneo, lo acústico y lo eléctrico; o su impacto masivo, presente no solo ya en esas multitudes que han abarrotado estadios o comprado sus discos, sino también en el hecho de que creadores de otros géneros la reconozcan como una influencia.

 

VI

 

El jazz tampoco tuvo comienzos felices en Cuba. Quizás su etapa más crónica, en lo tocante a receptividad institucional, coincidió, no obstante, con los años iniciales de la Revolución. Ciertos esquematismos ideológicos llevaron al cuestionamiento de las manifestaciones artísticas provenientes del mundo capitalista, en especial (pero no solamente) de Norteamérica. Se simplificó la ecuación: si venía “del Norte”, era malo. Sin embargo, lo peor de todo es que, cuando se trató de defenderlo, se acudió a argumentos de carácter político, y no a razonamientos musicales. Hubo explicaciones tan reduccionistas como los mismos ataques: un ejemplo sería esa absurda definición de que el jazz “era la música de los negros explotados en Estados Unidos”. Resultaba más urgente garantizarle un salvoconducto político, que defender su pleno derecho como música. De esa manera, se ganaba (a medias) la batalla: la solidaridad con el movimiento anti-segregacionista de la población negra norteamericana sirvió como coartada perfecta. Sin embargo, resulta triste que una música deba acudir a razones extra-musicales para validar su existencia.

 

Al igual que el jazz, el rock no pudo sustraerse a su origen estadounidense, pero sus simpatizantes, en esos momentos, estaban peor ubicados en las instituciones, y nadie acudió a la fórmula “salvadora” de calificarlo como “música de blancos y negros pobres” (que, a fin de cuentas, es lo que fue en sus orígenes). Por tanto, su calvario ha sido mayor, y en cierto sentido aún no ha concluido. En su contra se han planteado argumentos fabricados a marcha forzada por estrategas del oportunismo, ignorantes absolutos de música en su mayoría, pero también por ciertos creadores que, una vez más, creyeron ver amenazados sus predios. Así, mientras algunas voces pedían cautela o reconocían (públicamente o no) sus simpatías con el género, otros se dedicaron a excomulgar a los roqueros de adentro y de afuera. Se inventó el calificativo “diversionismo ideológico”, que tantas cicatrices dejó en la fisonomía cultural de la nación y las historias de sus individuos, y cuyo significado nunca estuvo muy claro, prestándose a macarrónicas interpretaciones por parte de funcionarios con poder de decisión.

 

Como antes el filin, y como por esos mismos días la Nueva Trova, el rock que se hacía en Cuba desde los años 60 fue tachado de “extranjerizante” en periódicos, revistas, libros, aulas, centros de trabajo y unidades militares. Una de las acusaciones favoritas fue la de presentarlo como contrario a “lo cubano”. En tal sentido, por ejemplo, se pronunciaron (sin sonrojo alguno) músicos como César Portillo de la Luz y Rosendo Ruiz (hijo), acusando a los entusiastas del rock de lo mismo que habían sido acusados ellos, a su vez, por los viejos trovadores y soneros, como ya vimos. Incluso, en una posición que no habla justamente a favor de la imparcialidad de nuestra prensa, Juventud Rebelde publicó una misiva del autor del clásico “Hasta mañana, vida mía”, donde junto a sus patéticos esfuerzos por demostrar una supuesta superioridad de la efímera lambada sobre el rock, se proyectaba de manera totalmente irrespetuosa hacia creadores del rock en nuestro país, ridiculizándolos y atacándolos desde su posición de fuerza (léase: figura reconocida por la institución Cultura Nacional) en una postura carente de objetividad y sin presentar fundamentos de peso. No recuerdo que nadie haya ofrecido disculpas.

 

Sin embargo, también entre los “roqueros” encontramos la ponzoña del fundamentalismo. Quienes cultivan o consumen alguna de las vertientes más intensas, denigran todo lo que no tenga esa sonoridad. En la esquina azul, quienes apuestan por estilos de otra índole no escatiman municiones para dispararles a los “radicales”. El terreno se divide en bandos irreconciliables, y al final todos terminan padeciendo los mismos males porque han dejado pasar la posibilidad del diálogo enriquecedor, obviando el respeto elemental hacia la diferencia.

 

VII

 

Los fundamentalismos parecen mantener una rara existencia entre nosotros. La intolerancia hacia el pensamiento diferente subsiste de muy diversas maneras. Pocas veces prima la conversación sensata, que es sustituida por el apasionamiento, la anulación de todo aquello que no implique una aceptación tácita de lo establecido, o de lo que cada cual entiende como “bueno”, “normal”. El culto a la diferencia tiene más detractores que simpatizantes entre nosotros, y muchas de esas discusiones terminan solo porque uno de los interlocutores habla desde una posición de fuerza, o como se dice: “gana por gritería”.

 

Resulta preocupante que, la mayoría de las veces, lo que se pone en tela de juicio sea el concepto de cubanía, el nacionalismo aplicado al mundo de los sonidos organizados, apuntalado (ahora) con cuestionamientos de orden sociopolítico, otorgándole a lo que existe el certificado de legalidad, y descalificando la “otredad”. Acerca de esto sería interesante rescatar unas palabras del investigador y músico Leonardo Acosta: “La música puede afirmarse que carece en sí misma de connotación ideológica alguna. Una misma música puede ser utilizada con fines ideológicos distintos y hasta contrapuestos” (10).

 

Por lo general se proponen modelos amparados bajo el estandarte de la “tradición”. Lo cual implicaría una tarea urgente para analistas y musicólogos: descifrar en qué consiste exactamente esa tradición que cada cual asume como suya, en actitud excluyente. A menudo se menciona la famosa definición de “ajiaco” aplicada a nuestra cultura, propuesta por el etnólogo Don Fernando Ortiz. Sin embargo, los “cocineros” de la música cubana reducen su peculiar “plato” (es decir, aquel preparado por cada uno) a unas cuantas especias y sabores, despreciando lo que les resulte “inapropiado” a sus respectivos paladares. De este modo, nos encontramos con una definición de “ajiaco” que está sujeta a las apreciaciones individuales de un puñado de personas que se creen infalibles (olvidando la premisa de que “errare humanun est”) y además, con el derecho de imponer sus criterios, invocando (sin excepción) la legitimidad de sus actos a través de los (cuestionables) conceptos de “cubanía”, autenticidad y tradición.

 

Sin embargo, nadie ataca a quienes reproducen (tal cual) el cancionero de Gardel y Lepera, nadie exige la presencia de unas tumbadoras en las interpretaciones de obras de Beethoven y Mozart; a nadie se le ocurre insertar un “montuno”, con estribillo incluido, en un aria de Palestrina; nadie se molestaba con los charangos, quenas y ponchos de los grupos del MNT en los años 70. Nada de eso entra en (aparente) contradicción con el pensamiento establecido, lo que hoy se denomina “políticamente correcto”, ni parece mortificar a los “paladines de lo cubano”, si es que alguien me acaba de decir “qué cosa” es “lo cubano”.

 

Como señala Leo Brouwer: “Nuestra música fue autóctona hasta la primera mitad del presente siglo (siglo XX: nota del autor). A partir de los años cincuenta los medios masivos de comunicación se han ramificado tanto que la tesis internacionalista de la comunicación, indirectamente, se ha hecho realidad. Ya no se puede hablar de una música “pura” nacional”. (11).

 

El asunto debiera ser enfocado desde la transparencia, y no desde la exclusión “a priori”. Basta que una de las partes asuma posiciones de fuerza, invocando cualquier pretexto (válido o no) para que el diálogo se transforme en monólogo, y no creo que exista peor manera de hacer cultura, y mucho menos de convivir.

 

VIII

 

¿Qué impide que músicos de diferentes géneros y estilos puedan trabajar y coexistir en paz sin necesidad de agredirse constantemente? Si analizamos un poco, es fácil detectar que en la difusión (o falta de ella) radica una de las razones para la polémica. Sin embargo, el elemento más llevado y traído es el de la condición “cubana” de cada música. Vemos  como cada nueva expresión sonora es tachada de “extranjerizante” por la cúpula cultural del momento, hasta que transcurrido un tiempo las aguas toman su nivel y lo que antes era “foráneo” se incorpora finalmente a lo “establecido”, sin grandes traumas, aunque sobrevivan bolsones de reservas entre los más fundamentalistas. Viene entonces el rechazo hacia lo siguiente, pues el tiempo se ha encargado de barnizar como “legítimo”, algo que hasta poco antes no lo era.

 

El fanatismo por un equipo de béisbol no debe llevarnos a ignorar las virtudes del contrario, subestimar sus logros, o agredir a sus practicantes y seguidores. Eso también se aplica a la música. Aquí solo presenté algunos elementos, preocupantes en mi opinión, acerca de cómo criterios parcializados, infundados, superficiales o, sencillamente, erróneos, han lastrado la evolución musical cubana. Son fundamentalismos culturales, espíritus de línea dura, que hacen más daño que el que intentan prevenir o subsanar. La polémica está servida.

 

Discrepo, finalmente, del famoso estribillo de “Suavecito” de Ignacio Piñeiro, que ha ejercido como materia prima de actitudes, y que sirvió para encabezar este intento de reflexión. Si vamos a ser justos, el son ni siquiera es lo más sublime para el alma divertir, como tampoco lo es el filin, el rock o la trova. Cada persona debe tener la libertad de elegir la diversión que considere más elevada para su propio espíritu: respetar y ser respetado. La diferencia no implica, necesariamente, antagonismo. El son es solo una opción, no la mejor ni la peor. Ningún género es superior a otro. Nadie debiera morirse por la simple razón de no estimar como bueno al son, o al género que sea. En todo caso debiera preocuparnos que, utilizando como pretexto la jocosidad que a menudo también se asocia a lo cubano (otro cliché), esa frase siga definiendo posturas ante el arte. El respeto hacia la opinión ajena es una premisa que no debiera nunca perderse de vista.

 

Citas:

1-     Ivo Supic: Problemas de la sociología musical. Cahiers Internationaux de Sociologie, Ju-Dic 1994, 127. Citado por Fernand Ouellette en Edgar Varese, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 1989, 116.

2-     Alejandro García Caturla: Correspondencia. Arte y Literatura, 1978, 54.

3-     Adriana Orejuela: El son no se fue de Cuba. Ediciones ACS, Bogotá, 2004, 127

4-     Alejo Carpentier: “Introducción al filin”. La Gaceta de Cuba, La Habana, 1989, 2-3

5-     A. Orejuela: op.cit., 70

6-     Idem

7-     Idem

8-     A. Orejuela: op.cit., 69

9-     A. Orejuela: op.cit., 65

10-  Leonardo Acosta: Música y descolonización. Arte Y Literatura, La Habana, 1982, 290-291.

11-  Leo Brouwer: La música, lo cubano y la innovación. Letras Cubanas, La Habana, 1989, 16

 

Viejos y nuevos modos de sentir el rock

 

Por Joaquín Borges-Triana

 

Se celebra por estos días en Ciudad Habana la tercera emisión del festival Caimán Rock. El evento es parte de la cadena de encuentros dedicados a dicho género, que la Asociación Hermanos Saíz organiza en diferentes provincias del país. A la AHS hay que reconocerle el mérito de que ha sido entre las instituciones cubanas, la que más ha hecho por el rock en nuestro contexto. Ahora, gracias a las presiones que dicha organización ha ejercido, se crea una agencia especializada en la capital, para atender en un primer momento a seis de nuestras principales bandas del presente.

 

Quizás sea porque ya soy un anciano formado en la vieja escuela, pero para mí el rock es un género en el que entran diversos estilos o corrientes. Por eso, no comparto la filosofía que por lo general se ha adueñado de los festivales realizados entre nosotros y que en lo fundamental, son encuentros dedicados a las distintas variantes del metal. No puede negarse que tendencias como el black, death, doom, grind noise…, resultan las que gozan de mayor respaldo en el público de nuestro país, pero en aras de complacer a la fanaticada, no hay por qué hacer concesiones a la hora de concebir la nómina de participantes en determinado festival ni al hacer su programación de conciertos.

 

Sé que quienes así proceden, lo hacen llenos de buenas intenciones y en defensa de lo que consideran más legítimo dentro del rock que se lleva a cabo por acá, pero desde mi parecer tales concepciones sólo conducen a un mayor y nocivo radicalismo, tanto entre los músicos como entre los seguidores de las diferentes tendencias que hoy se dan en la escena rockera nacional.

 

Ciertamente, cada época en la historia del rock ha traído consigo su propio relato acerca de qué estilo o artista es más auténtico, al punto de que el asunto ha llegado a convertirse en toda una mitología de la autenticidad. En la música (y no sólo en el rock), el relato de la autenticidad sirve para movilizar nuevas sensibilidades, pero a la vez se usa como bandera para justificar formas de exclusión. Esto se relaciona con el hecho de que el terreno de lo musical es propicio para la construcción de sensibilidades muy intensas. Empero, los organizadores de festivales no pueden pasar por alto que ellos, con su accionar, diseñan políticas culturales, las cuales determinan modos de participación en el espacio público y por ende, las mismas no pueden definirse sólo desde contradictorias y siempre cambiantes nociones de autenticidad.

 

Otro aspecto en el que pienso a raíz de este festival, tiene que ver con lo significativo que resulta la carencia de estudios en el caso del rock en Cuba, donde sólo se cuenta con el libro publicado por Humberto Manduley, importantísimo testimonio histórico del devenir de dicho género en nuestro país. La ausencia de semejantes análisis es alarmante cuando se medita en el hecho de que el rock, quizás como ninguna otra manifestación, se inserta en el tan discutido problema de la identidad al considerar las diversas relaciones producidas por la articulación de lo local, lo regional, lo nacional y lo global en música.

 

En el abordaje de la nacionalización de lo global, en el rock hecho por cubanos desde el punto de vista teórico todavía no se ha conseguido dilucidar el perfil de identidad nacional. De ello se desprende que las ciencias sociales cubanas tendrían que resolver metodológicamente el problema de si se debe medir la identidad del rock en relación con el horizonte de la música nacional o al del propio rock como tal.

 

En contraste con lo que internacionalmente hoy sucede en campos como la antropología y la semiótica musicales, entre los investigadores cubanos, por lo general no se analizan las causas por las cuales determinadas audiencias otorgan predilección a un tipo de música y no a otra. En el caso del rock, tal tema cobra especial relevancia porque la escena socio-musical cubana integrada por las bandas rockeras y sus audiencias (conformadas en su mayoría por personas del mismo grupo etáreo), de conjunto utilizan tal producción sonora como estrategia para discursivizar su visión del mundo y ofrecer una resistencia cultural simbólica contra discursos hegemónicos de su tiempo.


 

CONVERSANDO CON

 

 

 

Bebo y Chucho Valdés. Lazos de sangre

 

Por Carlos Galilea

 

Madrid, 12 jul (Diario El País).- Alguna vez pensé que no volveríamos a vernos y ahora tenemos la oportunidad de estar juntos y poder grabar lo que hacíamos en casa. Quizá sea una recompensa a todos aquellos años de incertidumbre". Quien habla es Jesús, Chucho, Valdés, uno de los más grandes pianistas del mundo. Para él, la gira y la grabación con Bebo significa algo muy especial. "Siempre traté de que mi papá se sintiera orgulloso de mí, porque era mi maestro, el músico que yo más he admirado".

 

 

"Chucho iba conmigo a todas partes. Hasta a buscar hembras" (Bebo)

 

"Mi vida es el piano, así que cuando me vaya, que sea tocando (Bebo)

 

"Quise que mi papá se sintiera orgulloso de mí, porque es mi maestro" (Chucho)

 

El 26 de octubre de 1960, en La Habana, Bebo Valdés embarcó en un avión con destino a México. Con él iban el cantante Rolando Laserie y su mujer. No se lo dijo a su familia hasta el día de la partida. Y Chucho no fue a despedirle al aeropuerto: "Tenía la corazonada de que no lo iba a volver a ver". Han pasado casi 47 años, pero a Chucho le brillan los ojos al recordarlo. "Lo viví con gran dolor. La vida cambió para mí. Tenía 19 años y tuve que hacer de papá, de hermano mayor y de todo. Me obligué a ser un hombre ya. Le juré a mi mamá que nunca la iba a abandonar. Y hasta hoy estoy al lado de ella. Me dijo: 'Chucho, nunca me dejes'. Y yo he cumplido y voy a cumplir con ella".

 

Tampoco le fue fácil a Bebo dejar a sus cinco hijos. "Me dijeron las autoridades: 'si no te gusta, vete". Ya no le permitían entrar en Radio Progreso porque no estaba afiliado al partido. Y un día llegó a su casa y le estaba esperando uno de sus músicos con un fusil al hombro. Éste le espetó: "¿Te integras o no?". "Era el que no está con nosotros está en contra. No había término medio. Entonces decidí irme. Sabía que posiblemente no volvería. Cuando llegamos a México, Rolando y yo nos dijimos 'ni vertical ni horizontal' hasta que aquello no cambie".

 

Hace dos años que Bebo Valdés ha cambiado la fría Estocolmo, en la que vivió las últimas décadas, por Arroyo de la Miel, municipio de Benalmádena. Ahí, en una planta baja con patio, reside ahora uno de los grandes músicos de la historia de Cuba. La idea era pasar los inviernos en la Costa del Sol y los veranos en Suecia, pero Rosemarie, su mujer, no parece muy dispuesta a renunciar al clima malagueño. En la pequeña sala de estar, Bebo y Chucho Valdés han estado preparando el repertorio del disco que graban con Fernando Trueba. Los dos hombretones -Bebo mide 1,84 metros, y Chucho, 1,94 metros- se sientan de cara a la pared: el padre, ante un piano vertical, y el hijo, frente a uno digital. Para los ensayos de la gira española, iniciada en Canarias, el auditorio Alfredo Kraus ha puesto dos pianos de cola a su disposición en Las Palmas. Chucho va acariciando las teclas mientras mira tocar a Bebo. Cierra los ojos y sigue a su padre en Tres palabras o La bien pagá con esas manotas que le ha regalado la genética. Hay un nuevo Valdés en la plaza: Julián, su hijo de ocho meses, al que Chucho coge en brazos cada poco, y que se abalanza sobre el teclado con entusiasmo.

 

Desde que viajó a Estocolmo, en diciembre de 1999, Fernando Trueba no sale de la vida del cubano octogenario. Entonces, Bebo se había jubilado –después de haberse pasado 14 años olvidado tocando el piano en un hotel- y cobraba una pensión del Estado sueco. "Lo considero un ángel que me enseña el camino. Fernando me ha dado mucha vida. Los zapatos que llevo me los regaló él. En Los Ángeles me llevó a comprar estos zapatos con una plantilla especial, y ya no me duelen los pies".

 

Dice Trueba que Bebo conserva una inocencia casi infantil. Él los reunió en la película Calle 54 con La comparsa, de Lecuona. "Cuando llegó el momento, tenía tantas ganas de oírlo, pero tantas ganas de oírlo a él, que me pasé el tiempo escuchándolo", cuenta Chucho. Según Bebo, ese día fue tan grande la emoción, que le dio su primer ataque cerebral: "Comiendo con él me quedé ciego. No veía. Él me agarró y querían meterme en un taxi, pero les dije que esperaran dos minutos, que se me iba a pasar. Y todo lo que era negro empezó a aclararse".

 

Bebo luce una pulsera que le ha regalado Chucho. Es un símbolo de Babalú Ayé, oricha de la religión yoruba que en el catolicismo equivale a San Lázaro. Y aún lleva colgada la medalla con la Virgen que le regalaron unos gitanos. Ambos nacieron el 9 de octubre -Bebo, en 1918, y Chucho, en 1941-. Ese día también es el cumpleaños de uno de los ocho hijos de Chucho. Bebo tiene siete, "y entre quince y veinte nietos", aventura él. "Y cuatro bisnietos", añade Chucho, que ya ha sido cuatro veces abuelo.

 

En su casa de La Habana se solían sentar al piano. Uno a cada lado. Y se cambiaban de sitio. Bebo le ponía a tocar el bajo y Chucho tocaba la parte de los metales. O viceversa. Una tarde, antes de que Bebo se fuera a trabajar al Sevilla, estaban viendo la televisión y le dijo: "Vístete, que vas a tocar esta noche".

 

-Se me puso cara de susto, ¡muchacho! (Bebo ríe como un niño travieso).

 

-Le dije a él: "Ahora te espera la Universidad de la calle".

 

-La primera vez que me dijo "vístete y vete...". ¡Ño! Y él sentado de lo más tranquilo. No, Bebo, tú estás loco.

 

-Cuéntale lo de Matanzas? (Bebo se ríe).

 

-Había una pareja de españoles que iban a bailar El sombrero de tres picos, de Falla. Cuando llegamos, el piano estaba medio tono bajo. Yo estaba tocando a primera vista unas cosas que casi no podía con ellas y me dice el director: "¿Qué, tú quieres que en la orquesta transporte todo el mundo por tu culpa?". Tuve que tocar por arriba de las negras. Terminé llorando, pero terminé.

 

Cuando Chucho tenía 16 o 17 años, Bebo le colocó como pianista de su orquesta. En el primer ensayo devoraba las 52 teclas blancas y las 36 negras. "Imagínate tú, que la orquesta terminó y yo seguí tocando. Tocaba y tocaba y, ¡bam!, cerró la orquesta, y yo seguí. Y dice Chocolate [el trompetista Armenteros]: '¡oye, Bebo!, tienes que ponerle freno al Caballito [a Bebo le decían Caballón], que está desbocado".

 

Con tres años, Chucho ya se encaramaba al piano. "El piano era un juguete para mí. Oía una melodía por la radio y me la aprendía inmediatamente. Me acuerdo que mi tía me llevó al cine a ver una película. Por la mañana me levanté con una melodía pegada en la cabeza que no recordaba dónde la había escuchado. Me pongo a tocarla y sale todo el mundo corriendo de la cocina. Era la música de Casablanca". Bebo empezó a tocar con siete u ocho años. "Para él poder estudiar fue muy duro porque no tenía ni piano. Por eso yo digo que él me da raya y salida, como decimos en el billar, de aquí a Japón. Imagínate tú, que pasó mucho trabajo y que tenía que ir a pie a estudiar. Si ya yo nazco con un piano, con mi papá que me puede dar clases, con un maestro que viene a la casa y con el plato caliente de comida para almorzar y cenar, no es lo mismo". La madre de Bebo, Caridad Amaro, se ganó cinco pesos en una lotería y le pudo por fin comprar un piano: "Costó tres pesos, pero estaba en el comején de arriba abajo y se cayó". "Se derrumbó", corrobora Chucho (ríen los dos).

 

Por e