I Festival Caimán Rock 2003

 

En las fronteras del rock nacional

 

Por Joaquín Borges-Triana

 

A propósito de la salida al mercado del libro El rock en Cuba (1), un título que desde su aparición resulta fundamental para comprender no sólo el devenir de uno de los géneros fundamentales dentro de la Música Cubana Alternativa sino, incluso, de los procesos y las dinámicas culturales en general de nuestro país durante los últimos cuarenta años, el ensayista y poeta Víctor Fowler publicó en La Gaceta de Cuba un artículo del cual extraigo un fragmento que, si bien pudiera resultar un tanto largo, me parece muy acertado para ofrecer una valoración precisa del momento que, en relación con el Estado y sus diversas instituciones, hoy vive el rock entre nosotros y que resume en síntesis las no pocas conquistas que este lenguaje sonoro ha obtenido con respecto a los no tan lejanos tiempos en que en nuestro país el mismo era totalmente estigmatizado:

 

En especial la inauguración de una estatua de John Lennon en La Habana. Sobre todo por la estatura política que el acto mereció cuando Fidel Castro (Primer Ministro y Primer Secretario del PCC), Ricardo Alarcón (Presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular), Abel Prieto (Ministro de Cultura) y otros dirigentes de la Revolución estuvieron presentes; recuérdese que las palabras del acto fueron pronunciadas por Alarcón y que, mediante el homenaje a la figura, reivindicó la posibilidad de enlace entre el rock y la utopía revolucionaria. Pero también, la realización en la UNEAC de coloquios sobre la presencia de los Beatles en la cultura cubana, que ya se han hecho habituales; la posterior publicación de las ponencias que allí son leídas y la aparición -bajo el sello Extramuros- de ese hermoso volumen que es La guerra se acaba si tú quieres, de Ernesto Juan, donde se recorre la vida de Lennon, se destaca su faceta de rebelde y soñador, así como reproducen textos de varias de sus mejores canciones. Agréguese a lo anterior conciertos y festivales patrocinados por la Unión de Jóvenes Comunistas; reseñas de discos (o demos) que, aunque son grabados la mayoría de las veces en circuitos precarios (ya sean por la pobre calidad de los masters o la escasa posibilidad de distribución ulterior de los compactos), son tratados con profundo respeto por los periodistas (pienso aquí, en especial, en la seria labor que desde hace años viene realizando El Caimán Barbudo en lo que toca a la investigación y tratamiento del rock nacional antes y ahora del rap); la venta de casetes y compactos de agrupaciones nacionales del género, aún sabiendo que son tristemente escasos los intentos; la existencia de programas especializados en emisoras radiales, destacándose –sobre todo en este medio- el formidable nivel de actualización de los conductores y la insistencia en mostrar una amplia gama de tendencias; el poder disfrutar en la televisión nacional de videos de los mejores conjuntos extranjeros del género y acceder a noticias sobre sus trayectorias y proyectos; la publicación de artículos en revistas y algo que entonces nos resultaba impensable: la publicación de una revista dedicada al rock nacional, promovida y financiada por una organización cultural “oficial”, la Asociación Hermanos Saíz, cuyo trabajo cotidiano se realiza sobre la base de sus estrechas relaciones con la Unión de Jóvenes Comunistas, el Ministerio de Cultura y el Partido Comunista de Cuba. Son todos signos del atenuamiento de los prejuicios y velos ideológicos que impiden comprender al rock como uno de los fenómenos musicales más relevantes de la historia, espacio donde modulación y distorsión posibles, sólo en la era electrónica, han permitido expandir su creatividad a compositores y ejecutantes que se cuentan entre los más grandes en la historia de la música; dicho de un modo, Lennon sin primero decir que su uso del pelo largo contamina a la juventud; Jim Morrison sin antes explicar que en el concierto de los Doors en Miami hizo del micrófono un falo; Jimmy Hendrix sin insistir en que romper una guitarra durante una actuación transparentaba la decadencia del capitalismo del que era representante; Rick Wakeman sin la obligación de rechazar su excentricismo como muestra de miseria ideológica. (2)

 

Cuando al filo de las dos de la madrugada del pasado lunes 14 de julio se ponía punto final a la primera edición del festival Caimán Rock, con la interpretación del tema “Sueño para Zeus” (todo un clásico en la historia del devenir del rock entre nosotros), se daba un nuevo paso en el intento de reivindicar la posibilidad de enlace entre el rock y la utopía revolucionaria. Ciertamente, los últimos años han sido testigos de una eclosión de la música cubana en sus disímiles vertientes. Por muy diversas razones, no todo lo hecho en el reino de los sonidos ordenados en Cuba ha salido a la palestra pública, sino sólo aquellas áreas que han gozado del favor de los medios de difusión y de una creciente comercialización internacional. Sin embargo, más allá de la faz harto conocida en el quehacer musical de nuestro país, hay otra cara menos promovida y que, no obstante ello, brilla con luz propia.

 

Trátase de lo que unos han denominado Nueva Música Popular Cubana y yo he preferido llamar Música Cubana Alternativa, términos que apuntan hacia una suerte de corriente distinta a lo ya esperado por la mayoría y que abarca desde el jazz, el rock, formas cercanas a lo que se conociera como nueva canción, el hip hop, hasta modos de asumir lo bailable pero a partir de una concepción sonora diferente. Así, desde mediados de los ochenta es factible hablar que para ese entonces ya había quedado atrás el momento en el cual entre nosotros hubo un anquilosamiento o inmovilismo del pensamiento creador como consecuencia del dogmatismo imperante en la política cultural durante los años setenta (3), cosa particularmente evidente en la "música popular de vanguardia". Para la fecha, muchos artistas comprendieron que resultaba contraproducente negar lo nuevo de hoy del quehacer contemporáneo musical a nivel internacional y que poco a poco se hace parte de lo cubano del mañana.

 

Un error en que todavía muchos suelen caer consiste en afirmar que cierta porción de la música producida en Cuba por estos días es extranjerizante, tan sólo por enriquecerla con elementos melódicos, armónicos y tímbricos legados por la cultura universal. Los que así piensan, "celosos guardianes de la tradición", no se percatan de que por ese camino también se desarrollan "formas de expresión realmente nuevas, sin caer en una negación de nuestras tradiciones, ni en un snobismo". Ocurre que el jazz y el rock son los dos principales lenguajes sonoros del pasado siglo; el primero, en virtud de su poder de improvisación y el segundo, en tanto sonoridad. Ambos llegaron para quedarse, y eso lo saben quienes han bebido de lo más auténtico y puro de estas dos fuentes, no por una necesidad estética proveniente de una imitación superficial o, en el mejor de los casos, existencial, sino porque como cubanos podemos ordenar cualquier universo sonoro sin adulterar los elementos básicos de nuestra música y de tal modo, regenerar el pensamiento musical con espíritu renovador. Ocurre que con demasiada triste frecuencia se olvida que hay lecciones más que sobradas en la historia de la literatura y el arte cubanos para hacer obvio el hecho de que, en estructuras socio-culturales distintas, un mismo lenguaje y/o método artísticos funcionan y producen de modos diferentes, quedando desgajados de las condicionantes socio-económicas que los generaron y hasta, incluso, revirtiendo sus presupuestos ideológicos iniciales.

 

Cuando asisto a conciertos como los celebrados a propósito de un festival como el Caimán Rock  invariablemente me da por pensar en la idea de que a estas alturas de nuestro devenir como nación deberíamos estar en plena conciencia de que el carácter discontinuo que siempre ha signado el discurso de la historia del arte en Cuba, la forma tortuosa y diríase que nunca exacta con que las aperturas y los cierres históricos dejaron de coincidir con sus investiduras estéticas, impregnó aliento vital a un tipo de "actitud cubana” en lo artístico -emblematizada por el ajiaco- a la hora de la apropiación. Por ende, en los albores del siglo XXI ya deberíamos estar acostumbrados a una sucesiva y sempiterna transculturación. Sin embargo, entre nosotros -tanto en el pasado como en el presente- se ha subestimado la pasión omnívora, para la que fuimos preparados por la vida colonial (de ahí el cíclico rechazo a manifestaciones sonoras consideradas como extranjerizantes). La asimilación estética en la "llave de Indias" funcionó como pretensión pero también como resistencia, como copia mas a la vez  como burla. De tal modo, no es un dislate afirmar que asimilar fue una manera de resistir.

 

En el intenso y peliagudo debate que se ha registrado en Cuba en torno, primero, a una manifestación como el rock (para mí, una expresión artística que trasciende las fronteras de un simple género musical para convertirse en la cultura de toda una época) y, más recientemente, en relación con el rap, según mi percepción de lo acaecido, las pautas de cada reflexión llevan al problema de la identidad. En ese camino, creo que suele confundirse identidad con tradición y tradición con subdesarrollo, de lo que se desprende que proclamar que somos auténticos, reafirmando que somos nosotros a partir de un no-otros exclusivo debía ser una tentación superada, se trata de una forma de dependencia por oposición usualmente enmascarada tras un ánimo de enfrentamiento. Así pues, no queda otro remedio que aceptar que en nuestro medio, la exhortación a los músicos, y a los creadores en un sentido amplio, a la producción de "temas y valores artísticos dentro de los parámetros de una pretendida (limitada y limitante) cubanía" no ha salido del cliché decimonónico re-enunciado acorde a una compulsión defensiva transgredida al arte desde el terreno de la ideología política.

 

No obstante, desde hace dos décadas, la música cubana atraviesa por un proceso de internacionalización en lo concerniente a la necesaria renovación a que ha tenido que someterse. En verdad, en el decenio de los ochenta Cuba fue testigo de una explosión artística que no resiste comparación con ningún otro momento del devenir de nuestra rica historia cultural. Como parte de ese fenómeno, hacia mediados de la década tiene lugar un auge en la proliferación de bandas de rock, un género que ya entre fines de los sesenta y los años setenta había experimentado un momento de efervescencia pero que, por las incomprensiones que por la etapa padecieron sus cultores y por la diáspora producida a raíz del Mariel, durante el primer quinquenio de los ochenta había visto reducirse sus filas. Es a partir de 1986 el instante en que comienzan a surgir numerosas agrupaciones, las cuales protagonizaron lo que no pocos dieron en llamar el despertar del rock nacional.

 

Por dicha fecha, con la aparición del grupo Venus, se produce un viraje de 180 grados en la concepción musical prevaleciente entre los representantes de las tendencias más ortodoxas del género, los cuales pasan a dar prioridad a la interpretación de material propio, dejando en un segundo plano la ejecución de versiones. Venus le demostró a los restantes ensambles que era posible congregar a cinco mil personas en un anfiteatro como el de La Habana Vieja y lograr que los asistentes al concierto corearan estrofa por estrofa cada tema del repertorio del colectivo, a pesar de no contar con el más mínimo apoyo de los medios de difusión. El caso de esta mítica banda ejemplifica, quizás como ningún otro, la manera en que también en nuestro país en determinados momentos ha existido una cultura underground o subterránea, que ha gozado de un reconocimiento público al margen de los espacios que en nuestro contexto legitiman una propuesta cultural.

 

La situación que imperaba por entonces se resume en unas palabras de Eduardo del Llano Rodríguez, recogidas en un texto suyo publicado por aquellos días en El Caimán Barbudo:

 

En Cuba, no cejar en el empeño de cultivar el rock es complicarse automáticamente la vida, nadie lo prohíbe, pero nadie lo estimula, tampoco. O se estimula a medias. Como si fuera algo ajeno a nuestro panorama cultural actual y debiera serlo por los años de los años. Aparecen entonces las soluciones contemporizadoras: tocar también algo de música "cubana" para que los programen de cuando en cuando. Grabar los temas más potables, los que más se parecen o re-elaborar ritmos surgidos aquí. Y descargar con autenticidad en peñas reducidas. La música cubana -sin comillas- es lo bastante fuerte y necesaria como para no temerle al rock. Además, el hecho aquí, con textos que reflejan nuestra realidad, forma parte del patrimonio cultural cubano.

 

¿Alguien imagina realmente que toda nuestra juventud va a satisfacer sus apetencias musicales con una guaracha o un danzón? ¿Y que se le va a convencer de que eso debe ser así? En los últimos años, los ritmos cubanos han cobrado de nuevo gran fuerza en nuestro país, demostrando que siempre gustarán y que no hay peligro respecto a su conservación. Pero, con todo, el papel del rock no disminuye y los entusiastas del género se han multiplicado. La Nueva Trova, uno de los fenómenos culturales más significativos de la Revolución, está fuertemente influida por aquél, y eso se nota en Santiago Feliú, en Donato Poveda, en Carlos Varela, para no hablar de Noel o Silvio. Lo que no puede suceder es que la Nueva Trova sea un pretexto para hacer rock, como si éste fuera un estigma inconfesable. (4)

 

De entonces a acá, el movimiento del rock nacional ha proseguido su inexorable avance y hoy conviven entre nosotros diversas formas de asumirlo, como se puso de manifiesto en los recitales de las bandas locales que intervinieron en el Caimán Rock, de los cuales  en consenso de los asistentes y en el mío propio, los de mayor relieve fueron los de Combat Noise, Ánima Mundi, Rice and Beans y sobre todo, el protagonizado por Zeus para cerrar el evento y que volvió a evidenciar que dicho quinteto, con su quehacer de power metal, hoy es el proyecto con más nivel de perfección –tanto musical como de escena– en el rock nacional. Otros ensambles se vieron afectados por problemas técnicos, como le ocurrió a Mephisto, o por causa de la lluvia, que obligó a limitar presentaciones como fue con Tendencia. A algunos el audio les jugó una mala pasada, aunque por lo general, al menos en la sede principal, el mismo se comportó de manera aceptable. Los restantes participantes fueron C-Men, Olimpo, Congregation, Escape, Hipnosis, Agonizer, Extraño Corazón, Tribal y Dago. Todos ellos, con más o menos brillo, dieron lucimiento al encuentro.

 

De las agrupaciones extranjeras que nos visitaron, tanto Banda Bassotti como Txapel Punk en esencia responden a los códigos del punk. Los primeros, en los que también el ska tiene fuerte presencia, hacen recaer el peso de su propuesta en el espectáculo que los miembros del grupo conforman en la escena, mientras que los segundos poseen como trío una fuerza endemoniada en el sonido que proyectan, con un engranaje en el que –dentro de los principios sonoros de un punk en extremo acelerado– nada resulta gratuito. Otros que también nos visitaron fueron los ecuatorianos de Cruks en Carnak, con un trabajo que transita por los senderos del rock latino. La hibridación de la que hicieron gala me llevó a evocar por momentos a la gente de Habana Abierta y me hizo incomprensible la actitud de cierta zona del público que, en muestra de una total falta de respeto, manifestó con gritos y hasta lanzando objetos hacia el escenario su desaprobación a lo que se interpretaba, no obstante a la calidad del repertorio.

 

Empero, al margen de que la columna vertebral del Caimán Rock fueron sus conciertos, soy de la opinión de que uno de los principales logros del encuentro consistió en que no se limitó tan sólo a la celebración de recitales. Por ello, a la par de las presentaciones de bandas, se llevó a cabo una muestra audiovisual en la que, entre otros materiales cinematográficos, los interesados pudieron disfrutar de filmes tan importantes como Tommy, versión en celuloide de una de las óperas rock de mayor trascendencia, o The wall, ese clásico fuera de serie de Pink Floyd. De igual modo, hubo espacio para una exposición fotográfica a cargo de Adrián González y de su invitado orlando Lache (Landi), bajo el título de 37 000 razones. En las palabras de presentación al catálogo de la muestra, Ramón Legón Pino nos entrega un texto que me resulta muy cautivante y del cual reproduzco unas líneas:

 

La polémica acerca de si el rock es nacional o no, de si es extranjerizante y de si es mimético y/o repetitivo, es extemporánea. Esa polémica encubre y retarda el verdadero sentido de lo que se debe discutir. Otra cosa es la historia de los caminos de las afluencias y confluencias de los fenómenos culturales. El rock, durante las últimas cuatro décadas, se ha convertido en algo consustancial a la cultura cubana como lo ha sido el jazz o las estructuras armónicas de la música europea. Los ataques provienen de una zona de tradicionalismo nacionalista cerrado a la diversidad de expresión, reflejo a su vez de una actitud supraestructural generalizada como práctica. (5)

 

Asimismo, la ocasión fue propicia para que varios hacedores de fanzines conversasen sobre sus experiencias en ese interesantísimo y dinámico mundo de publicaciones, que a veces deparan sorpresas tan agradables como la aparición de El Punto Ge, la última criatura que en nuestro medio ha llegado a dicha familia. Y como para demostrar que el rock & roll va más allá de la simple diversión, se celebró un encuentro teórico en el que, al valorar el actual panorama del rock en Cuba, se pretendió responder a las preguntas: ¿dónde estamos?, ¿hacia dónde vamos?

 

Un elemento de especial significación en el certamen fue que, a propósito del festín, tuvo lugar la presentación del CD Territorio libre, un compilatorio de bandas cubanas que para suerte de la fanaticada se comercializó en moneda nacional, tanto en el caso del disco como en el de los cassettes. Con producción a cargo de Juanito Camacho y distribución a través de la EGREM, como sucede con toda antología, ésta lleva implícito el germen de la discordia en lo concerniente a quiénes debieron o no estar incluidos en la selección. La presente no se salva de dicho riesgo y si bien es cierto aquello de que aquí “no están todos los que son”, también resulta verdad que en el fonograma “sí son todos los que están”. A lo antes expuesto puede añadirse que con la salida al mercado del CD Territorio libre viene a saldarse parte de la deuda que nuestros sellos discográficos persisten en mantener con una zona de la producción musical cubana contemporánea.

 

El material sonoro que ahora ve la luz surge a partir de un trabajo conjunto entre la Asociación Hermanos Saíz y el Instituto Cubano de la Música. Prevalecen en la grabación las propuestas dentro de los códigos del rock más metaloide, en variantes como death, grind noise, doom, black metal, power, thrash… Son los casos de bandas como Tendencia, Escape, Zeus, Agonizer, Congregation, Olimpo, Combat Noise, Blinder, Hipnosis y Mephisto. Empero, el predominio de tales corrientes, reflejo de lo que hoy acontece en la escena cubana, no significa que en el fonograma se ignoren otros estilos que se cultivan entre nosotros. Por eso, se incluyen muestras de rock alternativo (Rice and Beans), pop rock con tintes progresivos (Pasos Perdidos), funk con aires latinos (Elévense), rock de orientación retro (Dago), tecno (Iván Leyva), nu metal (C-Men y Tribal) o rock progresivo y de carácter propositivo (Ánima Mundi).

Por las particularidades de una grabación como ésta, considero inoportuno hacer distingos entre sus protagonistas. Lo importante está en el hecho de reconocer que aquí se compendian bandas con maneras de hacer diferentes -mas igualmente legítimas- de lo que se ha ido definiendo como rock nacional.

 

En fin, con la celebración de la primera emisión del Caimán Rock entre los días nueve y trece de julio, una vez más se pone de manifiesto nuestra asombrosa capacidad para la asimilación de patrones culturales foráneos, sin que ello implique el abandono de las raíces cubanas. Además, se evidencia que en materia de rock la apreciación por parte del público, la elaboración por el músico y la crítica de este arte sonoro es algo realmente en ciernes. Pero lo que sí está vitalmente aprehendido es el espíritu artístico en los actuales rockeros cubanos sobre la búsqueda y hallazgo de nuevas formas de expresión. No obstante, el asunto aún sigue siendo complejo, sobre todo cuando se piensa en que en muchas de nuestras bandas de rock, como sucede con los afiliados a las tendencias del metal extremo, no hay ninguna preocupación porque en los temas  aparezcan la clásica, e incluso, diríase que convencional, evidencia referencial de lo cubano ni tampoco un sello personal de impronta tercermundista. El vínculo contextual de dichos trabajos hay que delimitarlo al modo en que estas composiciones valoran el dilema de la apropiación –problemática eternamente viva en el proceso dialéctico de constante re-enunciación de una identidad– en un país mestizo, subdesarrollado, socialista y latinoamericano; único, rico y contradictorio, como Cuba. Por último, este festival demuestra que aunque, en materia del reino de los sonidos ordenados, el camino elegido por la generación finisecular de rockeros cubanos para llevar adelante su concepción en relación con las disímiles maneras de hacer  música ha sido bastante escabroso, concuerdo con el criterio de Fernando Rojas cuando asegura:

 

(…) el balance de la política cultural de la Revolución y de los valores por ella creados conforma un entorno en el que confluyen un público receptor más avisado y culto –si bien no mayoritario– y músicos bien preparados para producir su obra asimilando en pie de igualdad las mejores realizaciones de la creación musical contemporánea. Ese entorno ha superado y enfrenta con éxito los desafíos  de la colonización cultural, que no pueden ser menospreciados en tanto van de la mano de una capacidad tecnológica que no tenemos y difícilmente tendremos en un futuro previsible, y emergió más cubano y más universal de su contrapunteo con lo peor de las emanaciones del llamado realismo socialista. (6)

 

Notas.

 

(1) ¿Cuál es la culpa del rock cubano? ¿Su dependencia de los parámetros externos? ¿Algún hipotético choque con la cultura institucional cubana? ¿Sus atributos meramente musicales? Son las anteriores algunas de las preguntas a las que Humberto Manduley López intenta ofrecer respuestas, siempre desde su particular punto de vista, en el libro titulado El Rock en Cuba, publicado por la Editorial Atril. Ésta es una investigación en extremo necesaria dado que el rock hecho en nuestro país ya rebasa las cuatro décadas de accionar y sin embargo, es un fenómeno musical muy poco estudiado entre nosotros.

 

Manduley López, Humberto: El rock en Cuba. Atril Ediciones Musicales, La Habana, 2001, 236 pp..

 

(2) Fowler, Víctor: “Caminos hacia el rock”: La Gaceta de Cuba, no. 5, La Habana, septiembre-octubre 2002, pp. 10-11.

 

 (3) (…) Porque no sólo el rock, modalidad considerada foránea y perniciosa, padecía el veto de los censores, sino que mucho de la mejor sonoridad auténticamente cubana también era excluida del universo auditivo dentro del cual se podía educar un oyente de entonces. Oíamos hablar de Benny Moré y Barbarito Diez, entre tantos, pero jamás de Rolando Laserie, Miguelito Valdés, Mario Bauzá, Machito, Celia Cruz, La Sonora Matancera, Guillermo Portabales, Israel Cachao López y tantos, tantísimos otros de nuestros grandes intérpretes. Otras figuras mayores como Celina González, Laíto Sureda o los músicos rescatados en el célebre Buenavista Social Club, tampoco eran parte de nuestras opciones. Basta recordar aquella extraña denominación que en especial englobaba a los vetados cuando, por una u otra razón, a manos de este o aquel intérprete admitido, escuchábamos sus producciones: D.R. (derechos reservados). ¡Ni siquiera tenían nombre!

 

Fowler, Víctor: Op. Cit., pp. 12-13.

 

(4) Llano Rodríguez, Eduardo del: "El rock como estigma" (final)": El Caimán Barbudo, año 22, no. 252, La Habana, noviembre 1988, p. 5.

 

(5) Legón Pino, Ramón: “Diez razones provisionales”: Palabras del catálogo de la Exposición Fotográfica 37 000 razones. Galería Arte Siete, Cine Yara. 09/07/2003.

 

(6) Rojas, Fernando: “Rock aplatanado”: El Caimán Barbudo, año 31, no. 292, La Habana, mayo-junio 1999, p. 21.